Hoy que tus uvas
sanaron mi copa herida
entre jaque jinetes
te nombraron Reina,
en carruaje nocturno
vino sirvió mi boca
hacia otro día
mi Reina.
Hoy que tus uvas
sanaron mi copa herida
entre jaque jinetes
te nombraron Reina,
en carruaje nocturno
vino sirvió mi boca
hacia otro día
mi Reina.
Salgo temprano al trabajo
y vuelvo nocturno
por la falta que haces.
Dejé un beso en tu ventana,
lo agarras antes de dormir,
a ver si no se moja o enfría
el abrazo que guardé ayer.
A la inversa, de nosotros
emerge un beso submarino
y busca inquieto al nido
en que habrá de posar un:
Descansa.
Ya sobre agua su arribo
tras navegar incertidumbre
anclará este beso a tu boca
para luego desembocar un:
Buen día.
Sobre
Un té a medianoche
Comencé a
preparar Un té a medianoche el 27 de
marzo de 2011 con párrafos inconexos escritos semanas antes. Y, a través de las
siguientes noches, sin falta, me sentaba a escribir y mezclar los ingredientes.
No
sé si desde el inicio, pero sí sé que en su mayor parte, sobre todo en mayo,
junio, julio y agosto, me sentaba en un bote de pintura de mi patio trasero a
escribir, colocando la computadora en un banco de plástico, escuchando música
clásica y bebiendo cerveza o un vaso de whisky. Lo transcribía así, bebiendo,
porque quise plasmar las sensaciones de ebriedad, por ser una característica
del personaje principal. Para avanzar me valí de conversaciones con la chica
que inspiró el personaje secundario. Sin ellas no hubiera podido expresar la
singularidad de su habla. Es preciso mencionar que ella es el detonante que
abrió las puertas para escribir la novela, pues la manera en que nos conocimos,
nos comunicamos, y las cartas compartidas, mas sus ideas, me parecieron dignos
de contar textualmente. Sin embargo, el haber sucedido con años de
anterioridad, mas el olvido innato y mi gusto por omitir contar sobre mí,
fueron motivos para colocarlos en código.
Ahora,
presento los factores que incubaron Un té a medianoche:
1.-
El personaje principal debía ser un poeta que le encanta manejar en coche por
carreteras; es galán con mujeres; durante sus viajes se detiene a observar de
cerca cada vez que un paisaje llama su atención para dibujarlo en acuarelas;
tocó en un grupo de rock y bebe las ocasiones donde no puede hacer alguna cosa
de las anteriores. Quería representar un poeta masculino apasionado por
adrenalina. Y debía ser leído en aliento largo, como si se tratara de una
novela antigua, pero ubicada en la modernidad.
2.-
Este personaje se siente ajeno al contexto en que vive, donde costumbres, contemporáneos,
religión, tecnología, conflictos sociales y la educación que tuvo, no le atraen
lo más mínimo, sino que evidencian la barrera fronteriza del sitio que
representa su verdadera patria.
3.-
Un concierto al que fui, donde se interpretó la Sinfonía Titán, de Mahler. Ahí
tuve emociones que envolvieron mi ser hasta decretar hacer algo con lo que me
trajeron. Sin saberlo en ese momento, ese día fue determinante, pues más tarde
otro incidente, del que no hablaré, terminó con la disciplina que hasta ese día
y desde seis meses atrás tuve. Al verme en tales condiciones comencé a
escribir, y las semanas posteriores se fueron clarificando las decisiones u
observaciones que tenía con respecto al mundo, la vida, mi pasado y futuro.
4.-
Ahora, pero mayormente decisorio, el hecho de que planee un viaje que terminó
por no realizarse, del cual, los pormenores quedan insinuados en el viaje que
el personaje principal omitió. Al no ir, por mi mente transcurrieron pensares
inconclusos que dieron combustible para formar un escenario.
Éstos
son algunos de los sucesos que engendraron Un
té a medianoche. Debo recalcar que los panoramas mostrados en la novela
fueron meditados a lo largo de seis meses, y durante enero a marzo del 2011,
fue necesario enunciarlos. Para ese instante nuevas situaciones alteraban mi
percepción, y noté que me sensibilicé al grado de percibir nimiedades en las
personas a mi alrededor, tales como los aretes que portaban, sus frases que
ocultaban emociones, su sentido de realización o falta de ésta.
A
la par, durante el día, escribí poemas que terminaron por formar el poemario
Mar y Niebla. Y para su resguardo los colocaba en mi blog.
Ahora
no recuerdo bien porqué (el olvido) pero decidí que fueran 19 capítulos de 7
páginas cada uno. En el transcurso de escribir me pasé de hojas en algunos
capítulos, pero lo tuve que corregir; aún sin saber a ciencia cierta el por qué
decidí que fueran siete, quise respetarlo. La versión final, por el formato,
creo no respeta dicha métrica.
Al
investigar más acerca de la estructura en sinfonías, o términos musicales y de
Gustav Mahler, supe que él se retraía en soledad como yo para crear sus obras, las
escribía en su composerhausen, osea
una pequeña cabaña, que era perfeccionista al grado de ser admirado y odiado a
la vez, igual a mí. Después supe que la última vez en verse la luna perigeo de
ese 19 de maro de 2011, fue 19 años previos, lo que consonaba a la perfección
con la edad de la joven personaje secundario y los capítulos. También durante
mis lecturas en esa época e investigaciones supe sobre Thomas Mann, muy tardío
en la escritura del té. Sentí una afinidad en frases y temas abordados, la
longitud de sentencias, y la novela suya que leí fue Muerte en Venecia, lo que
a la postre sabría que el personaje tenía el nombre de Gustav porque Mann era
aficionado a Mahler.
Otro
de los incidentes que me han pasado en la creación de mis obras, es que lo que
escribo después se torna realidad de una u otra forma, y esto lo vi y viví;
como cuando estuve cojeando por una lesión en el arco del pie. Al inicio de la
novela trabajé a la par de otra novela, pero después Un té a medianoche absorbía toda mi atención y fuerza. Estos
sucesos me hicieron sentir que, si de una casualidad o coincidencia se trataba,
para mí resultaba gozoso, un placer indescriptible, de lo cual un amigo dijo
que yo continuaba una tarea que ellos de alguna forma iniciaron. No lo sé ni
entraré en cuestiones metafísicas, sólo sé que fue excepcional sentir afinidad.
Ése mismo amigo supo que una relación que tuve en ese tiempo se encargaba de
adicionar ideas a la novela, sin que fuera textual, y que al finalizar esa
relación me topé con una falta de motivación. No quise achacarlo a ese término,
pero era real. Lo que él me dijo fue: enamórate de nuevo. Pero lo que hice fue
trabajar con las ideas inconexas que ya tenía trabajadas para terminar
uniéndolas, lo cual, se me dificultó casi en un quinientos porciento. Lo que
con normalidad escribía en un día o dos, tardaba ahora un mes, y eso que tenía
ya las ideas, los escenarios, los sentimientos y diálogos. Al estar sobrio
durante las revisiones me daba cuenta de que desconocía las formas como las
escribí, me refiero a la estructura, ya que no parecían dichas por mí, sino por
algo externo, idea a la cual achaco a los alcoholizados instantes donde los
escribí. No es que diga que el alcohol diera inspiración, para nada; si eso
fuera cierto lo que haya escrito fue lo tangible a la postre de un líquido
efímero; sino que ayudaba a soltar las ideas almacenadas.
Conclusión
Para
mí Un té a medianoche era pedir
disculpas por un incidente que se debió a mí, y que tocaba mi visión de la vida
para explicarlo, pero luego se volvió una lucha por conocer porqué accidentes,
preguntas, frases, música, amigos e ideas, hacen que se cimbren las
determinaciones propias. Sin darme cuenta una novela escrita para dos personas
abarcaba a mayor número. Ahora recuerdo otra cosa: el nombre de la joven lo
saqué de una conversación común que tuve con un amigo. Como me pareció tan
hermoso e insinuaba una realidad, le dije que lo tomaría. El del personaje
principal ya lo tenía guardado, pero hasta ese momento supe que lo usaría, a
fin de cuentas me agrada usar nombres extraños, además de que lo situé en
lugares imaginarios porque no quería contar sobre los mismos lugares en todas
mis obras; por ello tomé las ciudades de una obra pasada.
Y,
nombrar a los personajes principales, al cierre de la novela, arman un juego de
palabras que sirven de Post Data a la disculpa: Zea, Marla.
Desde que vivo lejos de la civilización he tenido que manejar largos periodos. Recuerdo todavía cuando vivía en el centro de la ciudad y mis labores me tenían cada día inundado de peticiones de clientes, pues vivía en mi lugar de trabajo prácticamente. Y durante un convivio familiar, en el traslado dije: Que daría yo por vivir en un sitio tranquilo lejos de ruido y gente. Lo dije sin saber sería premonitorio, o una de esa varias veces que se cumple mi palabra sin yo ir en pos de ello. Por meses me ha rondado la idea de escribir algo más técnico, un manual de cómo se relaciona conducir un coche por la ciudad, con otros aspectos como negocios o la vida propia. Y en esta ocasión la madre de mis hijos dijo que no me había visto tan feliz como manejando los carros chocones. Que me dijera eso, me hizo pensar en situaciones y mi personalidad, pues ha convivido conmigo más que nadie. Evadir, moverse sin percances, atacar, era lo que pensaba al estar en ese juego, manteniendo la integridad de mi hijo con los posible pues no había seguridad. Y sí, me divertí enormemente
Desde finales de 2010 uno de mis grupos favoritos ha sido Kings Of Leon. En aquél Noviembre 14 escuché en Mix Up de Guadalajara el álbum Come Around Sundown. Desde esa fecha quise tener en físico un disco de ellos. Entrando a Diciembre, hallé un trabajo, y con mi primer pago compré en Sanborns el álbum. Lo oía todo el día, cada día. Incluso en el coche de mi jefe lo dejé alguna vez que lo puse al conducir. Después buscaba cada canción de ellos y en carretera los oí con mis amigos. Era tanta la fascinación, que al mismo tiempo no quería "quemarlo" pero no podía dejar de oírlo. Me traía memorias y ganas de tocar yo mismo un instrumento interpretando las canciones. En 2011 un grupo musical que conocía gracias a un amigo llamado Lalo me pidió unirme a ellos, no me hallaba en forma pero hice lo mejor que pude en ese entonces. Como mi prioridad era escribir, no puse demasiado ímpetu en ello. Años después toda memoria destacada ha estado inmersa en su música. La vez que fui a Culiacán desde Durango a medianoche, cada vez que me reúno con mis amigos aun hoy, camino a trabajar, escribiendo Un té a medianoche, manejando por carretera por los municipios de Durango como Santa María del Oro, Guadalupe victoria, ha estado. Sin contar las novias que hice que los oyeran. Eso es lo que más presente tengo. Hoy día, luego de atestiguar su repertorio, y de que en 2014 iba a acudir a su concierto en CDMX pero que lo omití por ver a la novia en turno, empecé a retomarlos.
Las memorias de su música recaen en cuando trabajaba pensando en mi primer hijo, que no había nacido pero ya venía, compré su álbum WALLS camino a casa. no quería ni oírlo, se me hacía soso, pero tras beber en algún sitio, lo compré de nuevo en Sanborns. El disco When You See Yourself lo empecé a oír como por inercia, salir de música norteña y electrónica. Así que no sentí nada. NADA. Me dio una desilusión que al día siguiente se desmoronó. Reconocía cómo ellos habían madurado así como yo, y la lentitud de los tonos era similar a el alejamiento de mi adrenalina.
Quise decirlo porque no ha habido un amigo a quién decirlo, pues están con sus hijos y parejas como para conversar. Buenas noches, mundo.
Hace algunos años, serán ocho a este momento, fui de mochilero por México, usando una página llamada Couchsurfing. Mediante ella se podía viajar y ser alojado en otras ciudades, al igual que alojar a viajeros. Se podía usar la aplicación para elegir personas que fueran afines en gustos. Así conocí personas que aunque no mantuvimos contacto, fuimos compañeros de vida por un día, horas, o toda la vida. Compartiendo experiencias y conocimientos. De algunos tengo memoria de sus nombres: Juliana, Armando, y aunque no recuerde todos, por ser extranjeros, a veces nos comunicamos. Recuerdo alguno que viajó de Canadá a Puebla en moto, otro que desde Inglaterra viajó en bicicleta de incógnito por México (no subía nada de su viaje a redes). Quería darles un saludo si es que llegan a visitar este sitio, así como a su descendencia.
Mantuvimos conversaciones de la vida, y ver que cada cual tenía su perspectiva nos unió aunque las metas fueran diversas. Hice amistades en latitudes diversas, dándome cuenta que la vida es la misma en todo terreno.
Hoy que la guerra impera, sé que buscamos la misma paz para nuestra existencia. La humanidad es la misma en todo país y ciudad
-Haces que todo tenga sentido…
es como en el concierto.
-Lo recuerdo, así como tu
pregunta sobre el kilo de viento. Sé que no era así, literal la pregunta, o el
sentido que quisiste darle.
-Las explicaciones sobran
cuando se conocen los motivos y las personas- expresa él en palabras
ajenas, aventando su memoria al momento en que ella le enseñó esa frase.
Aquella tarde se encontraba en
uno de los cafés frecuentados en la ciudad donde vive. El lugar era similar en
su arquitectura colonial a la ciudad donde la conoció. Ahí las puertas de baños
tenían dibujadas en la superficie una llave y una cerradura para diferenciar el
género de cada habitación. Los meseros le sirvieron té de menta y espresso
cortado. Desde el concierto de Mahler añadió la leche a su dieta; le recordaba
la soltura del habla en la joven y la piel nívea de que su tacto se prendó.
Sentado en el patio del local bajo la sombra de los edificios de al lado y de
un parasol, observaba de soslayo las paredes con dibujos coloridos sobre temas
históricos de la ciudad, incluyendo el lago con dos cisnes blancos, uno negro,
y al hombre de gabardina oscura alimentándolos. También vio enredaderas
creciendo en torno a la cantera con sus arcos bien definidos. Ese día llevó su
computadora portátil y; no lo olvidaría jamás; era mayo. Así, al beber el
primer sorbo de la tarde de su espresso cortado, por la computadora ingresó en
un reino ambiguo donde los lapsos del tiempo y espacio se alargan o acortan a
voluntad. Al encontrarla le habló, iniciando con un cómo estás. Pero
ella realizó un movimiento a kilómetros de distancia que les permitía
observarse y oírse de cerca. Tras conversar un par de horas y que ella dijo la
frase, tuvo que partir; dentro de su espíritu una inquieta sensación familiar
lo llamó para refugiarse en su caverna preferida, donde los fantasmas rondan
libres, le hablan, lo escuchan. Al salir, por fuera del lugar miraba el
movimiento ondulante de los faroles, sostenidos por una delgada cadena en la
fachada del café, y los rayos traviesos de luz evadidos desde joven. El oscilar
provocado por el viento fue como las ondas que el vestido color perla realizó
al alejarse del teatro; descendía ella por las escalinatas de cantera con rumbo
a casa; cuando de pronto volvió a su lado sólo para decir: Esto no se acaba
aquí. Él quiso acercarse, detenerla, preguntar a qué se refería con “Esto”,
pero la vio partir de nuevo sin lograr cuestionarla. Y al retirarse del café,
con los faroles iluminándole la espalda, deseó que la helada y húmeda soledad
durante esa noche de tormenta bajo el influjo del vino se convirtiera en una
noche cálida escuchando el rumor de gotas de lluvia al chocar contra las
superficies del mundo, donde contaría en silencio que la admiraba, y donde la
embriaguez se debería al sentimiento de ser acompañado por la persona que no
pide nada, la que no espera nada y se siente plena con ser ella misma sin
cambiar al otro.
-¿Cómo te fue en el desfile?-
pregunta ella, y su voz se traspone al trino de un cardenal que revolotea
encima de su cabello castaño.
-Todo salió mejor de lo
planeado, pero la verdad es que nunca planeo nada. Así se debe proceder en la
vida; sin planes.
-A la próxima te juro que iré.
Me subo a un avión y estaré ahí para criticarte.
De pronto, resuena la contienda entre metales en una campana superior de la torre izquierda de la Basílica, y ella va en su mente a las veces que por medio de una pantalla se acercaron durante los meses anteriores.
Verbo es la gracia
verbo por sepulcro
el incienso de proverbio
otro versículo upanishad:
Hoy, como cada mañana
despierto atrincherado
abrigado por la aurora
despojado de armadura
pues tu palabra, voz y andar
desarmaron al guerrero
que duerme en mi pecho.
Voy camino al huerto
en que vides, manzanas y
agaves
destilaron abrazos:
Al armario los fusiles
he dicho a la tropa
establecí un armisticio
para estrechar nuestros
labios.
-Mírame
desde la distancia, acércate con mi vida. Tienes el poder sobre tus manos,
manos suaves y femeninas, las mismas que trasminaron palabras escritas- pensaba
Lovedy, mientras chasqueaba los dedos, observando el firmamento-. Martha,
Mariela, María… tienes el mismo nombre aunque seas distintas personas. No estoy
seguro de que te llames Martha, ni de que tu nombre no sea María, o de que tus
padres te hayan registrado como Mariela; sólo sé que lo que se siente no tiene
nombre. Tiemblo como el agua que recorre el cielo en verano, cayendo desde tan
lejos para encontrarse contra los coches; contra los techos de las casas, las
aceras de las avenidas y las calles de las colonias; contra las plantas en el
parque y en el jardín de tu madre; contra personas en las tiendas y los
edificios del centro. El vidrio de mi sentimiento es claro y transparente, más
transparente que el brillo de tu cabello, o que el rocío del bosque cayendo de
los árboles, como ese vapor que emana desde sus cortezas para perderse en las
veredas, mostrando neblina por la mañana. Los pinos respiran, como tú y como
yo. Pero ellos no se mueven, están quietos ante la tierra que los vio nacer y
crecer. Debí seguir su consejo, no moverme de mi tierra, así no te estaría
extrañando ni pensando en que estás lejos, y que por más que lo desee, no podré
verte pronto, que la vida viene y se va sin tenerte cerca. Como una anciana que
carga un bebé, observándose la misma persona desde el otro lado del tiempo.
Incluso ellos lo saben, que la muerte acecha, y nadie se encuentra más lejos o
cerca. Puede que nunca lo sepas, pero el sentimiento crece, avanza desde tu
recuerdo, pasa sobre mi mente, sobre mis venas, abriéndose paso hasta mi alma,
creando su propio hogar, encendiendo una hoguera en el interior, que sé, que
acabará por encender todo el lugar. Como si fuese una fogata en el campo, que
no fue apagada, que no se tuvo la precaución de colocar piedras en derredor, y
que ahora, o después, terminará por fugarse alguna chispa hasta la hojarasca de
mi vida pasada, conflagrando el resto de mi futuro, ardiendo bajo el fuego de
tu nombre; ese eterno símbolo que cambia con las personas; los caracteres
latinos que evocan tu presencia y tu memoria, sin importar el lugar en que te
encuentres. Siempre las llamas logran vencer cualquier barrera que le imponga,
y cada hombre ha tratado de colocar muros más grandes, más gruesos, más
pesados, todo por no sentir el chispeante resplandor sobre sus rostros,
iluminando su expresión en alegría, una alegría visible ante los demás. Pretendamos
que nada ha sucedido, que ningún concierto escucharon nuestros martillos, pero
te aseguro, con la certeza de que moriré, de que no podremos olvidar nuestra
esencia pasada y retornará en el futuro. Aunque tengas hijos con otro hombre;
aunque el hombre te ame y tú a él; sobre que tu familia acepte tus decisiones y
tu descendencia se multiplique, como en estos momentos tu ausencia, puedo
decirte que me recordarás y yo a ti, y volveremos a comer palomitas en el cine,
regresaremos a jugar con el pasto entre nuestras manos, diremos una y otra vez
que la vida pasa y que no nos separaremos, sonreiremos cuando el paraguas no
detenga la lluvia, y continuaremos mojándonos con el agua eterna. Miraremos el
reloj y no sentiremos ganas de volver a nuestros hogares. Todos los mensajes
que nos mandemos regresarán con respuesta, y las palpitaciones renacerán tan
vivas como las flamas de los cohetes del quince de Septiembre. Aunque eso no
haya sucedido, lo viviré como si fuese así. Sí, debí seguir el consejo de los pinos,
así no hubiera revivido el nombre eterno de la mujer que acompaña al hombre, ni
hubiera sentido la sombra tibia de la noche al decir: Martha, Martha, Martha,
Martha. Las palabras estarían escondidas y bajo resguardo celoso. No proferiría
la palabra prohibida ni sus bifurcaciones. Seré como el río que sale de la
tierra, cambiando constantemente, chocando contra las rocas placenteras y
arrastrando troncos de pensamientos. Así, suavizaría mi fluir constante y nada
me detendría, nada, ni el nuevo nombre ni la conjunción de caracteres latinos
prohibidos de tu nombre, de lo que me estás clavando desde la distancia. Y
sobreviviría diciendo que fui lo mismo toda la existencia, y nada pasaría hasta
el rincón donde perezca, donde alcance la inmortalidad de la nada y el
infinito. Porque alguna vez fuiste periodista, otra ocasión eras estudiante,
también leías a Paulo Cohelo y a Cien años de Soledad. Pero después fuiste
médico, granjera, poeta, contadora, mientras tus manos no se afanaban en
encontrar el tiempo necesario para dedicarles el cuidado, el que le diste
cuando eras estilista, ni el que te faltaba por ser miembro de un partido
político. Eras la soledad sublimada en mujer, y te abracé, caminé a tu lado, te
dije palabras cariñosas y de aliento. Aliento tras aliento recibía tu alma, y
tu espíritu recibía mis palabras y mis chistes, sin quejarse ni pensar en el
futuro, sólo detenías tu andar cuando me preguntabas en qué trabajaba, y era el
momento que yo odiaba, porque sabía que no podría decírtelo, ni incluirte,
porque temía que llegaras a decir que dejara las armas, que ya no fuera un
soñador ni fumara, que eso no era de provecho para mí. Pero con cualquier
nombre que tuvieras, siempre optaba por pensar, por aislarme y decirme: cómo se
atreve a cambiar lo que no posee ni conoce. Caía en tus garras, y apretabas
cada vez más y más, convirtiendo mi piel en una sangrante herida de deseo, una
búsqueda por detenerte y decirte que no te fueras, que no desparecieras para
cambiar de nombre, que acortaras tus palabras y fueras más reservada, para que
no te arrepintieras de alejarme, y así: poner nuevos símbolos a tu figura,
convirtiendo el tótem en otra imagen santa, de otra religión y de otra tierra,
con diferente idioma, con un lenguaje olvidado del que se me ha excluido nuevamente,
y que sé… que terminará por arder con mi adrenalina.
-¿Qué tiene, Wara Wara?
-Estaba…- dijo André, pero pensó: “Me había olvidado de Mario. No hay
recetas para las pasiones, pero todas arden bajo la misma intensidad”-. ¿Hace
frío, verdad?
André entraba velozmente en el torbellino descendente, sabiendo a Martha
lejos, que existían personas a quienes él les agradaba, y descubriendo que
otras personas gustaban de Martha. Era una mujer completa, no hacía falta que
Lovedy la acompañara en el momento. Por ello estaba pensando en muchas cosas, y
luchó en contra de sus decisiones. Durante ese momento en que la recordó, su
atención se centraba en las ideas en torno a esa relación, similar a otras,
pero resaltando por la novedad y por las circunstancias en que se desarrollaba.
Las otras mujeres también amadas habían sido como el primer sorbo del whisky:
reconfortantes y tibias al comienzo, pero con los efectos diluidos con el paso
del tiempo, donde al término, sólo se les recordaba por la intensidad con que
se consumieron. En su imaginación renació la canción de: The world we knew,
de Sinatra. Se sintió, por un instante fugaz, como las plantas después de una
nevada, con el cuerpo marchito y destrozado por lo acontecido tiempo atrás.
El
auto descapotable; viejo y pesado; recorría la carretera, y en su andar el
asfalto derretido bajo los neumáticos era protagonista del silencio en el
desierto plano a sus costados. Los rugidos constantes de ocho cilindros
profanaban el sigilo. La carcasa oxidada, en las junturas de los guardafangos,
se destacó del trabajo de pintura que solía ser negra, la que se convirtió en
gris difuminado. La arena a través de los años maltrató la superficie, dejando
al descubierto el acero ante el viento seco. Carecía de parrilla delantera, y
la luz posterior izquierda estaba destrozada, rodeada de un par de arrugas en
el metal por el choque contra un árbol dos semanas atrás.
Continuó
resonando el Blues de la radio al interior del automóvil; combinaba con el
exterior, debido al agrietado tapiz. Bien dicen por ahí: lo que poseemos por
dentro se refleja en nuestra piel. La alargada y oscura línea de la carretera se
deslizó bajo los neumáticos; el sol oblicuamente caía por los costados. Con
calor y sequedad en su alma, el hombre sostenía el brazo derecho extendido en
el volante; dejó la mano siniestra reposar sobre su regazo, deteniendo una
pequeña bolsa de papel café. La placa del auto, perteneciente a otro Estado,
iba columpiándose del alambre doblado con maestría, en nudos apretados como el
de la corbata arrugada en el asiento posterior.
Una
reverberación comenzó a sonar desde el capó; sobresalía un leve vapor del
radiador. “Debo llegar a la próxima estación de gasolina”, pensó el hombre. Le
llovía el sol por entre la red de su gorra; la visera le apretaba la frente.
Una gota de sudor caía lentamente por la sien, recorriendo la marca de un antiguo
percance automovilístico; que dejó siete puntadas ya cicatrizadas.
A
pocos kilómetros al frente del auto, un punto borroso al costado de la
carretera se fue acrecentando, destacándose un anuncio que pendía de un poste
de metal: GAS, se alcanzó a leer cuando el coche a marcha forzada, con una nube
de vapor al frente, se acercaba.
-Maldito
calor; sólo a mí se me ocurre huir por este camino- dijo el hombre mientras
secaba el sudor de su sien, dejando ver una humedad en torno a su axila.
El
chasquido de su índice contra el pulgar se acompasó con la melodía de los
altoparlantes al tiempo en que viraba el volante para adentrarse en la estación
de gasolina. El lugar lucía sombrío a pesar de la caída del sol sobre su techo
de zinc. Si la construcción fuese multiplicada por cien, parecería un pueblo
fantasma. El rechinar del anuncio oscilante sobre el coche se diluía entre el
sonido apagado de los neumáticos en la entrada de concreto, delante de la cual,
había gravilla rastrillada con esmero, pero con hondas marcas onduladas en su
superficie. El calor del desierto, y los automóviles furtivos a través de las décadas,
dejaron su huella. Aparcó el viejo Barracuda junto a la bomba de gasolina,
desplazando su cuerpo fuera del vehículo, para luego meter las manos al
pantalón de algodón azulado; deshilachado en las orillas de los bolsillos. La
camisa blanca le sobresalía por los costados, pero estaba fajada en la parte
posterior del pantalón. Los últimos dos botones del frente estaban destrabados,
dejando que la línea de su cuello diferenciara el enrojecimiento del cuello con
la tez clara de su torso; como la división entre dos países sobre un mapa.
Removió la mirada por el lugar y alargaba la mano hasta el centro del volante.
Tres veces resonó el claxon y después reinaba el silencio, que se adjuntó con
el rechinar del anuncio de GAS. Algunas líneas se dibujaron en el cielo,
alargadas y blancuzcas; reminiscencia de frescura que para el momento y para el
lugar, era necesaria. El desolado paisaje, en derredor de la construcción
fabricada con ladrillos y zinc, se extendía hasta el horizonte. A un costado de
la casa se distinguió una vieja camioneta, sucia de polvo y desmantelada hasta
su chasis oxidado.
Una
silueta con sombrero de paja se fue levantando de la parte trasera de la
camioneta; la delgada figura se acercaba en compases lentos hasta el Barracuda.
Los surcos marcados de la piel, bronceada en un cobreado que sólo el sol del
desierto es capaz de hacer sangrar, se fueron distinguiendo bajo la silueta del
sombrero. La suciedad del polvo le aclaraba la playera café con una imagen
borrosa de un político, sonriendo fingidamente frente a los colores verde y
rojo.
-Buenos
días, camarada, ¿le puedo ayudar en algo?
-Llene
el tanque, ¿tiene agua que pueda servirle a mi auto?
-Sí,
pero tiene que sacarla de ese pozo- dijo el viejo bajo la redondez de su
sombrero, desgastado en las orillas, apuntando con el dedo hacia el frente de
la casa.
La
gorra, con la visera apretándole la frente, se acercó hasta la casa, llevando
entre manos la bolsa de papel. Era pequeña y arrugada; parecía contener nada
(si es que la nada se puede contener), pero un abultamiento por debajo avisaba
de algo en su interior. Tomó el hombre un bote de metal que yacía bajo la
bomba, y lo acercó al grifo, “Se me antoja un cigarro”, pensó, mientras subía y
bajaba la bomba manual del pozo. Acompañado del calor y de la sed, el hombre
tuvo que contener su deseo por pegar la boca al grifo al ver salir agua de él. Atrapó
algún sonido eléctrico que le llegaba desde el interior de la casa, rebotando
en el techo de zinc. Una sombra alargada se le pegaba a los pies.
Entró
en la casa con el bote de metal en su mano derecha y la bolsa en la siniestra.
Dentro había un olor a sudor y cigarro; emanaba también el aroma de aceite
estancado. Sobre el mostrador, la caja registradora estaba sentada solitaria;
salvo el catre tras el mostrador, pocos objetos adornaron el interior. Una caja
con rendijas verticales en sus costados estaba encendida; la vieja radio
sintonizó las noticias. De la radio un hombre hablaba.
…dos
millones se extrajeron de la bóveda, los empleados fueron amarrados de pies y
manos en el interior del banco, hasta el momento no hay reporte oficial…
El
hombre salió deprisa hasta el coche, se derramó en voz hasta el viejo mientras
levantaba el capó, y dirigió con sumo cuidado el agua del bote de metal en el
radiador.
-¿Ya
estuvo?
-Listo,
joven… son cien pesos.
Extrajo
la cartera de la bolsa trasera del pantalón desteñido de mezclilla, del mismo
bolsillo donde se tatuó la forma abultada de la cartera. Abrió el compartimento
y sacó el billete naranja. Las orillas estaban desgastadas al igual que sus
manos. Acercó el billete al viejo y dio las gracias.
-¿A
dónde va?
-A
Disneylandia- contestó el hombre, con otra gota adjuntándosele a la sien.
Arremangó
las largas mangas de la camisa hasta los codos, después guardó la billetera en
su molde y se adentró en el asiento del conductor en el Barracuda.
La
camisa blanca, sentada en el lugar del conductor, se hundió hasta el fondo del
asiento. Una gran nube de polvo se esparcía mientras se alejaba de la estación.
Aguda armónica resopló desde el estéreo. La voz grave del cantante entonando
letras tristes sobresalía de la canción: “Alguien como tú… que me pueda querer
y comprender”, decía con notoria melancolía. Al encontrarse sobre el primer
bache, la guantera se abrió. “Tenías que tomar esta baratija que no sabe
guardar secretos”, pensó. Un mapa descolgando de la guantera cayó en el asiento
del copiloto.
Al
estacionar el auto de nuevo al costado de la carretera, la granulación de arena
se estrujó con el freno. Cambió el peso de nalga, colocando los setenta kilos
sobre la billetera. En ese instante ningún pensamiento se sostuvo en su mente;
fue una de esas ocasiones en que se deja que el tiempo rija sobre los
acontecimientos, sin que el pasado o el futuro transiten libres. Alargó el
brazo derecho y extendió el mapa; las volubles líneas se dibujaban perpendiculares
y horizontales. Enfocó una ciudad cercana. Había dejado detrás al viejo y al
camino, pero el destino estaba frente a sus ojos. Luego extrajo desde adentro
de su chaqueta; que se encontraba en el asiento posterior; la que cubría la
computadora portátil y las carpetas amarillas; una blanca cajilla médica. Sacó
un parche de nicotina y lo colocó en su pecho, justo en el centro que la
abertura de los dos botones dejaba entrever. El pegamento se fundía con el
sudor, aplastándole los pocos vellos pectorales. Inspiró profundamente y dijo:
Santo remedio.
La
mugre de grasa se ennegrecía en derredor de la camisa por el cuello, y los
hedores de gasolina se le pegaron en la nariz al querer encender el Barracuda.
El interruptor eléctrico falló varias veces. “Ahora no, por favor no”, pensaba cuando
nuevos intentos se enumeraron detrás de otro. Cuando al fin volvió la marcha
por la línea asfaltada, regresó la calma sobre el asiento. Quedamente entre las
piernas sostuvo la bolsa marrón de papel. Quiso en ese momento saber cuáles
objetos pertenecían a un lugar desolado, sin que éste tuviera la intervención
humana. El pensamiento lo llevó a un movimiento reflejo. Un juego de manos fue
necesario para tomar el volante y sacar la billetera; repleta surgió de
billetes. Extrajo una licencia de conducir y la colocó sobre los instrumentos
que indicaban el recalentamiento del radiador. Después de regresar la billetera
a su bolsillo, los caracteres latinos se leían más claramente con la luminosidad
del sol: André Lovedy, veintiocho años. Al leerlo, no llegó la emoción de
reconocer lo propio en un objeto, sino que minutos después la regresó a su
lugar de origen, como un recuerdo a punto de llegar. Era un detective privado,
no tenía muchas congojas en esos días, pero sí mucho trabajo, de entre los
cuales destacaba una investigación en particular: Encontrar el paradero de los
asaltantes de bancos que rondaban el país, ocultos tras pasamontañas azules.
Fue tanta la opulencia con que se llevaron a cabo dichos atracos, que
contrastaba con la pobreza de las fuerzas federales para arrinconarlos, por
ello, el mismo gobernador del Estado de Sonora le pidió que echara manos a la
obra. Las pistas en los videos de vigilancia, aunado a la ruta que le habían
visto partir los testigos, le indicaron que hacia Sonora se dirigían.
El
horizonte al frente se fundía con la carretera, la cual, bailaba entre el calor
emánate del suelo, distinguiéndose una refracción cristalina. Le pareció que el
espejismo era una puerta a otra dimensión. “Si entro de nuevo en él, viajaré al
pasado”, pensó André, mientras pegaba la mirada en el espejismo vibrante. Pero
con la huida de la puerta, se acercó un recuerdo de sus amigos, sus hermanos:
Los Cobra.
La
noche se comía las estrellas, y el sonido de las trompetas y los sintetizadores
se confundía con los alcoholes. Las calles enmudecidas por la noche se ceñían
entre los edificios y las casas, donde sus habitantes veían televisión, mataban
de celos y odiaban por envidias. Una ciudad como cualquier otra, pendiendo de
las costumbres tanto como de las ventas comerciales. Tres amigos se juntaron
entre risas y cerveza para pasear en auto. Repararon en mecer sus torsos, reír,
y perder la noción del tiempo; estaban reunidos por un simple motivo: Diversión.
Mr
Scruff, MGMT, Zoé y más bandas, se refugiaron en el disco de plástico que
giraba en el estéreo, escurriéndose los decibeles por los parlantes. La
equivocación no tenía cabida dentro del coche; podría decirse que su amistad
atraía la perfección. Los comentarios de años pasados y celebraciones
memorables resaltaron entre las sonoridades de las risas. Acelerando las
explosiones, aumentaron los gritos. Los faroles encajonados y semáforos en rojo
se transformaban en líneas de luz con la velocidad, dibujándose paralelas a la
dirección que tomaba el Mustang Mach One. Roberto se hundía; con la cerveza en
la mano; en el asiento posterior. Arath conducía con una mano en el volante y
otra en el celular; estaba trascribiendo un pensamiento hacia una chica. Y
André sostenía su torso contra la mitad de respaldo que tocaba su hombro.
Entraba en detalles con lo que decía Roberto sobre la más reciente conquista de
alguna chica, por ello la inclinación fue necesaria para atrapar los pormenores
físicos y las acciones concebidas días atrás.
-No
mames, no podía levantar a mi compa y no sabía qué hacer.
-Eso
te pasa por probar los “eme”- dijo André.
André
soltó una sonora carcajada que se sobrepuso a MGMT. Roberto también acompañó la
carcajada y cambiaron de tema.
-Hay
que sacar unas viejas a bailar en la graduación de tu prima- dijo Roberto con
seguridad que extrañó a los demás; nunca bailaban en ninguna fiesta.
-¿Neta?
Roberto
respondió que sí y continuó insistiendo en la idea.
-Pues
si no huelen feo tal vez- dijo Arath separando la mirada del camino para
sonreírles.
Un
estruendo se escuchó en el costado del Mustang, se había detenido bruscamente y
una mancha de aceite oscuro se tatuó en el parabrisas.