¿Es posible saber
lo que una persona piensa
cuando se piensa en esa persona?
Dice la mente de ayer
que silencio y pregunta van de la mano.
Prometo encontrar la respuesta con un sonido,
una canción, o esa pequeña palabra
indestructible. De la eterna.
Crece la sombra frente a mis ojos,
como la película de anoche.
De pronto entro lejos,
y amo la noche, en oscuridad.
Erra mi espíritu dentro del cuerpo.
Crece agonía en el pecho.
Mas el segundo espera la canción,
la melodía suave de su voz.
Permito decir: lo siento,
pero el corazón se rompe.
Esta escrito bajo el mar
con oleajes del pasado.
Ahora duerme, ahora sueña
ahora brilla en la herida.
Promesas dichas sin mentiras.
Ahora juega que las palabras fueron de otra.
¿Cómo adivinar
si el día y la noche van
en recuerdos noche y día?
Responde el trinar
de pájaros nocturnos y murmullos.
Todo yace en la penumbra,
como si hubiera nacido entre grillos,
cual sombra de oscuridad.
Vuela con alas extensas sobre el mundo,
recorre inquieto los deseos.
Yo, el moribundo
lucho sin destreza y taciturno.
¿Quiero ser
vacío errante por el tiempo
lleno de tiempo errante?
Contesta, poder,
si fácil vendrá el nombre de ella.
Corta imagen y larga vida.
Su nombre es Rosalinda.
La tierna y buena. La bella.
domingo, 13 de junio de 2010
miércoles, 9 de junio de 2010

The sorrow came, empty, invisible like the tomorrow.
I come back to weep, with a little glance of shiny sleep.
The law of Lawson’s, the lost son found in the hollow,
blended in the cloudy of the morning, one day of September.
The silence say: no more, what can I answer to them?
Gone, the moment it’s gone, crying instill in the glance,
lonely sight of the over, living forever.
Tell me the secret of your heart, something is eating my curiosity
forgetting the moonlight, instead to remember, I have to keep it in the dark
with a spread of agony, to dilute in a second.
Arrive the memories, remembering me the past and the bleeding,
letting my need of six months, of a picture and a woman.
A child sees me, stand over my two feet, without end, I have to pretend that it´s okay.
Can you hear my voice? I can’t, just whisper a rumor of a electric feel,
that gives me a tinny hand.
Drink my wine, red, purple and invisible: is just the laugh in a big bottle.
I come back to weep, with a little glance of shiny sleep.
The law of Lawson’s, the lost son found in the hollow,
blended in the cloudy of the morning, one day of September.
The silence say: no more, what can I answer to them?
Gone, the moment it’s gone, crying instill in the glance,
lonely sight of the over, living forever.
Tell me the secret of your heart, something is eating my curiosity
forgetting the moonlight, instead to remember, I have to keep it in the dark
with a spread of agony, to dilute in a second.
Arrive the memories, remembering me the past and the bleeding,
letting my need of six months, of a picture and a woman.
A child sees me, stand over my two feet, without end, I have to pretend that it´s okay.
Can you hear my voice? I can’t, just whisper a rumor of a electric feel,
that gives me a tinny hand.
Drink my wine, red, purple and invisible: is just the laugh in a big bottle.
CUERPO DE FUEGO

Y es el silencio lo que me envuelve, tan claro que perturba, tan largo que no lo veo en sus límites; es tan espeso como la niebla matutina del invierno. Su origen lo desconozco, así como el día que aprendí a perder los significados de las estaciones. La vida, el latir, el aroma de la ropa que uso y de mi cama, esos lentos respiros mientras camino, todo me recuerda que no soy lo que solía ser, que me convierto en lo que desconozco y que la transfiguración tiene facturas elevadas.
Miro arriba y veo las estrellas. Sé que el viento sobre mi rostro no moverá sus cuerpos, ni estrujará los sitios de sus cimientos. Ahora espero que ella despierte, que acercando la vista por la ventana, después de descorrer las cortinas, pueda darme un saludo en su mirada de asombro. Hay tres formas de que me vea. La primera es por la ventana de su cuarto. La otra, por la ventana de la alcoba de su hermano; pero la que más estremecedora me parece es la tercera: abrir la puerta y mostrar su cuerpo soñoliento, en camisón o pijama, con el cabello alborotado, saliva seca en sus labios y algunas pestañas postizas en su mano, debido a la fricción contra sus ojos para cerciorarse que está despierta, viéndome.
Ahora duerme con la tranquilidad de los árboles; tibia y frágil como una ducha; ausente en un mundo aparte; oculta en las tinieblas con que escondo mi sentir. Hay dos faroles cercanos, uno frente a la cochera de su vecino, el otro está cruzando la calle esparciendo su luz en mí.
Comienzo a desear tener libertad, o la llave de plata que me pueda acercar hasta ella. Siempre sucede lo mismo en esta ceremonia: espero a que salga, que despierte y me vea, pero nunca sucede. Esta vez quiero que sea diferente.
Puedo dibujar claramente el último recuerdo de ella, así como el paisaje que veo. Sus ojos destellaban fulgurantes por el gusto de volver a encontrarnos después de una larga agonía de soledad, tenía el cabello oscuro y ondulado, con unos semi rizos al finalizar la punta. Ese día, aquella tarde, supe que volveríamos a recorrer la ciudad. Estaríamos tomados de la mano, viendo mutuamente nuestro perfil, hablando entre sonrisas de los adoquines y de las fuentes que íbamos dejando atrás, o de los jardines en flor y sus formas simétricas.
Ambos evitaríamos hacer promesas.
No importaría si estuviera vestida para una fiesta, con tacones y perfume caro, o con zapatos deportivos y blusa descolorida, así como tampoco importaría si hubiera olvidado bañarse y maquillarse por la premura de mi llegada, lo que importaría, lo que importaba, lo que importa, es que sentía sus dedos suaves entrelazando mis ásperos dedos, teniendo su calor junto a mí. Pude ver la ciudad desde su lado, y en su sonrisa percibí la honestidad con que siempre habló conmigo. Me mostró el programa de eventos para esa temporada: conciertos, películas, obras de teatro, talleres y conferencias, muestras de baile… infinidad de lugares que nos gustaría ir.
Era fácil decir que sí a cualquier invitación con sólo verla.
En mi mente surge lo involuntario de mi cuerpo y palabras. Dije: “la hija del carnicero”, con la normalidad de un loco oficiando misa. También chocaba mis talones y puntas de mis pies, metía las manos en los bolsillos del pantalón, caminando de atrás adelante dos pasos, y miraba a ella de frente y después a cualquier otra parte. Ella dijo: “no sé de dónde jodidos es”, refiriéndose a otra mujer. Eso provocó que unos mocos invisibles salieran de mi nariz, los que limpié sutilmente; según yo. No me apené por el incidente; era lo que menos me tenía apenado al momento. Después de todo, ¿quién dice las mismas frases en un minuto para decir que se quiere ir al cine lo antes posible con la otra persona, y no con cualquiera que no sea ella?
Le di un dulce, pero en mi alma quería darle más que eso.
La belleza no estaba en la longitud de sus cabellos alargados, o en la armonía que sus labios se acompasaba con sus dientes blanquecinos, o la luminosidad del sol ocultándose que recorría el interior de la estética que nos rodeaba, o que la tersa piel de su mano confundiéndose en la suavidad de su manga de seda, convirtiendo su ropa en una extensión de su cuerpo; no, la belleza era la conjunción de los elementos de aquella tarde en que la vi.
Instintivamente mis pasos siempre me llevan a ella. Aunque su trabajo quede cerca de mi casa, no es obligatorio que pase por ahí; pero así lo hago. Ella vive del otro lado de la ciudad, pero me monto- dentro de mis sueños- en la moto para visitarla. Lo extraño, es que cuando voy manejando y caminando, puedo encontrarla en el tráfico, en la multitud de personas en el mercado, en una florería, en una calle escondida del centro, y siempre la reconozco aunque no piense en ella, y, lo más raro, es que es ella, y no una de esas figuraciones mentales. Usualmente me saluda, casi siempre con un ademán de cabeza.
Ahora estoy lo que algunos llamarían consciente. Aún así, lo inhóspito del pasado me recuerda que no es seguro que todo haya o esté sucediendo, así como sé que tal vez el futuro se descorra por mis ojos en una serie de imágenes fantasmales, y no sería tan real como el sentimiento que guardo hacia ella. Saber su nombre fue primordial en meses anteriores, pero lo que ahora quiero, es saber lo que significa decir su nombre, evocar la totalidad de posibilidades que encierra en ella, y que no conforme, pueda sorprender mis predicciones de su comportamiento.
Casi la puedo escuchar decir que aprendió a cortar el pelo en la cárcel; que sus cuarenta lunares los obtuvo en la playa; que estuvo cocinando huevos al sol en la arena, y le creería.
Compartir fuego con tabaco y vino, comer del mismo plato, ceder el restante sabor del chicle, esparcir la salsa en las palomitas y encontrar nuestras manos cuando las adentramos en el recipiente; eso sería el cielo.
Las estrellas cruzan el cielo nocturno oblicuamente, por lo que el tiempo debe transcurrir. No sale, no la puedo ver, pero sé que ella está dentro de su cama, soñando un sueño que olvidará en la mañana. Parece que la ceremonia tiene que transcurrir con el mismo final, y en mi espíritu inquieto quiero cambiarlo.
Desbalances de mi cuerpo me acercan a su puerta, nock nock.
Un brillo escapa del fuego, y la flama oscila de un lado a otro. Puede que el fulgor de mis intenciones se trasmine desde el interior de su casa, que ella esté tan radiante como en esas imágenes en que la recuerdo, con un halo de santidad pecaminosa tras ella, pestañeando entre bostezos. Puedo ver que hay cuatro paredes sin ventanas ni puertas, que ningún mueble descansa dentro, que su figura se muestra quieta frente a mí. Es ella, es la vela que unos minutos antes encendí en mi alcoba.
jueves, 27 de mayo de 2010
HABLA
Para ser primavera quiero invierno.
Lo helado del clima comprende mi sentir:
Vivir poco, morir pronto.
Herido en la garganta
la luna sube hasta tus ojos.
Siento el cuchillo de plata,
en la pupila,
en la oreja
y en la dulce vista de mis ojos.
Es complicado darte el ramo,
pues fue extraído de tu casa.
Los días se han ido,
más y más lejos.
Pienso en llamarte
y que nadie sepa mi destino.
Estoy solo sin comprender,
lo que soy y miro.
Estoy inquieto por dentro
seguro de tu ternura
de la cura de mi mal.
Fue la cuerda de guitarra
eléctrica al oído.
Antiguo respiro
de mi alma humana.
No necesito decir lo que siento,
ni que me llores en este momento.
Soy lo que el reflejo dice
soy el que huye
soy lo que hice.
Lo helado del clima comprende mi sentir:
Vivir poco, morir pronto.
Herido en la garganta
la luna sube hasta tus ojos.
Siento el cuchillo de plata,
en la pupila,
en la oreja
y en la dulce vista de mis ojos.
Es complicado darte el ramo,
pues fue extraído de tu casa.
Los días se han ido,
más y más lejos.
Pienso en llamarte
y que nadie sepa mi destino.
Estoy solo sin comprender,
lo que soy y miro.
Estoy inquieto por dentro
seguro de tu ternura
de la cura de mi mal.
Fue la cuerda de guitarra
eléctrica al oído.
Antiguo respiro
de mi alma humana.
No necesito decir lo que siento,
ni que me llores en este momento.
Soy lo que el reflejo dice
soy el que huye
soy lo que hice.
lunes, 24 de mayo de 2010
Scott Fitzgerald
Suelo retirarme por las noches al rincón del patio trasero de mi casa para escribir, leer, escuchar música o simplemente pensar y hablar por teléfono. Escucho los ruidos de la ciudad conforme veo el cielo, las macetas, las ventanas con sus protecciones y un árbol de zapote que crece en el jardín de la vecina. Suelo ir para estar solo, ya que las personas de casa interrumpen concentrarme. Hay momentos que recuerdo incansable lo que pasé, lo que viví, o que imagino lo que me gustaría hacer. Suelo normalmente sentarme en un bote de agua, y es este el punto que volvió a mi mente conforme leí a Scott Fitzgerald (es inevitable no sucumbir ante lo que escribió):
-¿puedo preguntarles, señores, por qué prefieren pasar su tiempo libre en un cuarto que, por lo que puedo ver, sólo está amueblado con escobas? Y, dado que la raza humana ha progresado hasta el punto de fabricar 17.000 sillas al día, excepto los domingos... —se interrumpió un instante. Rose y Key lo miraban boquiabiertos—. ¿Les importaría decirme —continuó Peter— por qué han decidido sentarse sobre objetos que tienen como fin el transporte de agua de un lugar a otro?
De aquí se desliga la idea de sentirse único. Soy como todos, y alguna vez alguien lo ha hecho.
-¿puedo preguntarles, señores, por qué prefieren pasar su tiempo libre en un cuarto que, por lo que puedo ver, sólo está amueblado con escobas? Y, dado que la raza humana ha progresado hasta el punto de fabricar 17.000 sillas al día, excepto los domingos... —se interrumpió un instante. Rose y Key lo miraban boquiabiertos—. ¿Les importaría decirme —continuó Peter— por qué han decidido sentarse sobre objetos que tienen como fin el transporte de agua de un lugar a otro?
De aquí se desliga la idea de sentirse único. Soy como todos, y alguna vez alguien lo ha hecho.
NUEVE LÁGRIMAS

¿Has bebido un bolero mientras
el cigarro se sostiene entre los labios?
El sabor de la vida, el humo de tabaco
basta un respiro para impulsarlo como al llanto.
Una vez no es suficiente para amar.
Con la soledad en mi camino, atrapo
el dulce y amargo suspirar,
de volver a una ilusión de antaño.
Flor de primavera y cuerpo de fruta.
Fuiste la primera,
en donde me detuve
hasta saber que eras… y me contuve
por decir que el tiempo fue suficiente.
El viento entre el metal resuena
en mi vida como sombra de sombra,
como fuego de flama en el alma.
Hay motivos para ser triste,
pero esta noche arrullo el recuerdo
que se acerca, aligerando
la melancolía por verte.
Tú a lo lejos en lo azul de lo incierto.
Como un sueño al despertar pienso
que deseo y ansia van con tu nombre.
Ven, ven, acércate a tu hombre.
Infinito y suave van en ti
los tibios perfumes que sentí.
En lo rosa, en lo lindo,
en lo que contigo he vivido.
Por mucho que trate de esconderlo
por mis ojos destella el brillo del sentimiento.
Un instante, un momento
en que por no decirlo me arrepiento.
He querido rodar nueve lágrimas
sin que mis ojos aflijan lo que ven.
Una por una caen y caen,
rondan por mis mejillas.
Falta la presencia tuya en esta hora.
Voy perdiendo la memoria,
como si el bolsillo estuviera roto
en los silencios de ser otro.
Dentro de la angustia crece el oro,
y el valor es lo que no deseo
sino tu comprender mis grutas húmedas,
o las desconocidas cicatrices
en la piel de quien te ama.
Se apaga la llama con cada minuto de ausencia.
Eres mi oxigeno, eres mi esencia…
eres lo que ansío con demencia.
el cigarro se sostiene entre los labios?
El sabor de la vida, el humo de tabaco
basta un respiro para impulsarlo como al llanto.
Una vez no es suficiente para amar.
Con la soledad en mi camino, atrapo
el dulce y amargo suspirar,
de volver a una ilusión de antaño.
Flor de primavera y cuerpo de fruta.
Fuiste la primera,
en donde me detuve
hasta saber que eras… y me contuve
por decir que el tiempo fue suficiente.
El viento entre el metal resuena
en mi vida como sombra de sombra,
como fuego de flama en el alma.
Hay motivos para ser triste,
pero esta noche arrullo el recuerdo
que se acerca, aligerando
la melancolía por verte.
Tú a lo lejos en lo azul de lo incierto.
Como un sueño al despertar pienso
que deseo y ansia van con tu nombre.
Ven, ven, acércate a tu hombre.
Infinito y suave van en ti
los tibios perfumes que sentí.
En lo rosa, en lo lindo,
en lo que contigo he vivido.
Por mucho que trate de esconderlo
por mis ojos destella el brillo del sentimiento.
Un instante, un momento
en que por no decirlo me arrepiento.
He querido rodar nueve lágrimas
sin que mis ojos aflijan lo que ven.
Una por una caen y caen,
rondan por mis mejillas.
Falta la presencia tuya en esta hora.
Voy perdiendo la memoria,
como si el bolsillo estuviera roto
en los silencios de ser otro.
Dentro de la angustia crece el oro,
y el valor es lo que no deseo
sino tu comprender mis grutas húmedas,
o las desconocidas cicatrices
en la piel de quien te ama.
Se apaga la llama con cada minuto de ausencia.
Eres mi oxigeno, eres mi esencia…
eres lo que ansío con demencia.
SUEÑAS
Mis caricias serán para desnudarte,
tocando tu alma, tranquila como el Levante.
Cubrirás con mi calor tu cuerpo de invierno,
y el soplo de mis labios refrescará tu verano.
Este día sin ti fue una caverna,
oscura y silenciosa cual pájaro dormido.
Sigue la luna sobre la triste noche,
sigue, con el sol del otro lado del horizonte.
Me sueñas con el olvido del despertar,
y el blanco recuerdo se irá sin cantar.
Ya cae la luna del día, el día en la noche, la noche sin ti.
Ya despierta la mujer en su cama, y su memoria huye de mí.
viernes, 21 de mayo de 2010
Lágrimas y Tinta

Blancas paredes cubren mi lecho, el lugar que me vio nacer y enfermar. Un instante antes de dormir; cuando el silencio cruza entre el sonido de los grillos; vuelvo a recordar las palabras que le dije, a ella, a quien me causara una gran risa, debido a su falta de prudencia:
Atrévete a decir que el olvido llega en cuestión de segundos. La libertad es un ideal que vive en los arrepentimientos de las almas cobardes. Enamórate, no hay problema, pero mi recuerdo perdurará.
Figuras en el aire dibujan tus palabras, diciéndome que yo era lo único que amabas, lo que buscabas al anochecer. Muéstrame el crepúsculo de mis penas, que a tu lado dejé la llave. Abre la puerta e invítame a entrar, ya dentro, enséñame a vivir, enséñame a morir, enseña lo que sólo tú sabes decir.
Venías de tan lejos que quise acogerte en mi propia casa, y así fue. Te conocí cuando el invierno golpeaba en Diciembre, y esa Navidad apareciste frente al hotel. Salí a recibirte, y, con el delgado abrigo de tu pañuelo sobre tu cuello, me preguntabas por un lugar para pasar la noche. Te respondía con las tarifas que dábamos, pero una reticencia a entrar noté en ti. Supuse que tu belleza atraía la extravagancia; no eras fea, tampoco vestías elegante. Quisiste partir, y te envolví con mi saco. “No, no, señor, no puedo aceptarlo”, decías. Pero pude convencerte con una taza de café. En el estrecho cuerpo se ceñía tu vestido, y el doblez sobre tu rodilla intensificaba su color aperlado. Jugueteabas con las zapatillas rojas, moviéndolas para ocultar el desgaste, el tacón bajo con lodo. Hablamos de las personas que, como nosotros, no tenían familias con quien pasar el día. También comentamos sobre aquellos que huyen de sus familias para evadir la cena de rigor. Sí, en mi juventud me paseaba en esa circunstancia, hasta que cambié de residencia, de país y de ciudad. Recuerdo que mencionaste Hombros y Cabeza, al escucharte, un estremecer friolento me recorrió la columna, y supe que no era el invierno, ni la temporada, fue el estremecer que acompaña la empatía. Me encantaba desde entonces Scott Fitzgerald, y por tu manera de hablar del cuento me produjo esa sensación. Accediste a dormir en una habitación, después de dos cafés la confianza había crecido.
Despertaste, apareciste en la recepción y me regresabas el saco. Sin maletas te presentaste, sin maletas te veía partir. “Señorita, señorita, ¿gusta desayuno?”, dije, alcanzándote en la tienda de cigarros al costado del hotel. “Mmmm…”, contestabas. “Ándele, la señora hace buenos platillos, y su café es mejor que el mío”. “Entonces, si es como usted lo dice, apruebo la invitación”, contestaste, envolviendo tu pañuelo azul sobre tus manos. Nunca me dijiste si la respuesta fue por mi forma de preparar el café la noche anterior, o que querías alargar plática conmigo, pero eso no importa. Entraste de nuevo, sentándote en la mesa tres del restaurant, en la misma silla de la noche anterior, colocando la pieza faltante en el molde. Percibí, al acompañarte, ese invisible verano desde tu cuerpo. El azulado pañuelo lo colocaste en tu regazo, revolviendo después tus rizos rubios, sin tinte, entre tu mano derecha. Sobre tu rostro no figuraba maquillaje más allá de la sangre en tus pómulos, y el color de tus labios me recordaban el salmón crudo. Los adornos Navideños nos rodeaban, “Creo que se deberían quitar las campanas y las Nochebuenas, ya pasó la fiesta”, comentaste. Ahondamos en ese tema: quitar los recuerdos de lo desaparecido, de lo que ya no creemos. Ninguna religión te contó entre sus filas, ningún partido político te convenció con sus mítines. Me dijiste mucho, comentabas sobre tu vida.
Buena mujer me pareciste, tal vez un poco desamparada, pero mientras comías no hacías ningún ruido al masticar, tu manejo de los cubiertos era de primer orden, y las palabras con que hablabas eran muy numerosas, algunas las escuché por primera vez de tus labios. Tu voz, entre niña y mujer, sostenía una claridad infinita. Veinte años, veinte primaveras, y diez pesos en la bolsa: la forma con que dijiste que habías llegado al hotel. Ciertamente supuse que no tendrías dinero, pero lo de la edad ni lo imaginé.
-¿A qué se dedica, señorita?
-Zola, dígame así.
-¿Cómo?
-Me disgusta la formalidad. Ya estamos entrando en confianza, y me parece acorde que sepa mi nombre: Zola Detto.
-Muy bien, señorita Zola.
-Le digo que Zola está bien.
-Zola, ¿A qué se dedica?... ¿sí lo dije bien?- te dije, y reíste cómo para entonces no te había escuchado.
Decías que partiste de Italia, cargada de dos maletas de cuero, recomendaciones escritas en tu bolso, de un tal Augusto Conte, y la dirección de una casa productora cinematográfica. Augusto había visto tu desenvoltura en el teatro, armando sentimientos y muecas a la perfección, tan correctamente como si de un Miguel Ángel haciendo esculturas se tratara. La actriz iniciaba sus gustos por el cine, dijiste. Pero a mí me parecías mas bien la Mona Lisa jugando a falsificar llanto. Seguiste explicando que las maletas se perdieron tan pronto arribó tu barco, el Apolonio, donde el montacargas sufrió los embates de la tempestad, provocando que la tormenta arrastrara tus pertenencias al mar. Lloraste, un poco, pero yo creo que ni una lágrima se asomó entre tus ojos. Empapada y con el bolso, fuiste a la casa productora. Nadie te recibió, y ni tus recomendaciones convencieron al velador para darte la dirección del dueño. Con suprema lentitud caminaste por las calles de Veracruz, encontrando una pequeña casa de huéspedes. La señora Tita te acogió como su ahijada, mostraba una placidez por tu encanto. Trabajaste ahí por seis meses, lo suficiente para venir hasta Durango, habías escuchado de la gira de ballet Ruso, y querías retomar el baile, o el teatro. Escuchaste del ballet por un viajero, el que se encargaba de las actividades culturales en esta ciudad. Con el nombre en tu mente: Fernando Terrazas, apareciste frente al teatro Ricardo Castro. Para tu sorpresa, el tal Fernando no lo conocían, y ni el ballet Ruso había conocido de ese teatro. Nuevamente, sin esperanza, volviste a tu hotel, para encontrarte con que; al entrar en la habitación; ninguna maleta estaba dentro. Preguntando a recepción, te informaron que apareciste sólo con lo que llevaste puesto: no señorita, no traía nada… es en serio, te dijo el encargado. Ahí recordaste que al bajar del autobús, e ingresar en el taxi, fue tanta tu emoción y premura por ver a Fernando, el invisible amante que te dio la bienvenida a México, que te olvidaste de tomar tus maletas, las nuevas que adquiriste con tus pocas ropas, arduamente sufragadas por el trabajo en el hostal. Reíste, y no sabías si era de rabia o desconsuelo. También soltaste una carcajada cuando me dijiste eso, y el tenedor temblaba entre tus dedos. Después optaste por caminar por la ciudad, sin rumbo fijo, sin saber para qué o por qué.
Vi tu tranquilidad; era el siguiente día de tu arribo al teatro. Ofrecerte trabajo me pareció infame, por lo que sólo te conté que yo sí conocía a personas de los teatros. Conté sobre Alba, la directora de la compañía teatral. Por esos días las funciones no eran regulares, pero sin duda podría ponerte en contacto con ella. Tres semanas después se estrenó: La Sonata de Isbelia, en el teatro Victoria. Vestías la falda marrón claro, y entintaste tu cabello a negro. Magnifica y soberana lucías, donde al término de la función, celebramos con la compañía. Bebimos vino tinto, y tu directora; Alba; se acabó la cerveza como agua. Ya en la alcoba, mencionaste lo extraño de Alba, “¿Por qué tomará cerveza en una copa de Martini?”, no supe qué contestarte, pero en la habitación; la misma en que dormiste por cuatro meses en mi hotel; nos enfrascamos en ver por la ventana. Las ondas de luz flotaban sobre la avenida de enfrente, y tu mirada se volvió hacia mí, de la forma en que; para ese entonces; no me habías visto. La mirada vidriosa, transparente y clara, me dijo que el deseo de tu cuerpo anhelaba mis brazos, darme las gracias por mis atenciones. Te abracé, besé tu frente, y me despedí cortésmente.
Ya era mediados de Abril, tus funciones se trasladaron a Francia. “No sé hablar francés”, dijiste muy preocupada, pero te alenté a ir. Habías cumplido años ese día, y las lágrimas en tus ojos fueron verdaderas. El pánico se arrinconó en mi ser, te dije que te amaba, que fueras mi esposa. El silencio en tu voz inundó la habitación, y mi pánico comenzó a crecer, devorando todo el oxigeno, acortándome el aliento. Nos amamos, y partiste al siguiente día, diciendo: “Cuando llegue, te escribo carta, dentro del sobre vendrá mi respuesta”.
Abril terminó, Mayo también, pero el siguiente invierno no me trajo ni tu carta, ni tu respuesta, tampoco tu cabello rubio.
Fue en Enero en que te vi, ahora decías llamarte Lucía Phol. Nacida en los suburbios de Berlín, lectora de Goethe, Neruda, y asidua de la corriente romántica. Tu cabello era el mismo rubio, pero ahora era más largo. Vestías a la moda, y las joyas brillaban con los destellos de tu sonrisa. Salías de la ducha, entraste en un concierto, pero no lo resistí más, dejé las palomitas y me fui al hotel.
El verano de ese año te encontré nuevamente, y te llamaste Aurora Castro. Nacida en Buenos Aires, de familia aristocrática, perteneciente a las industrias de carbón. Sonreías y cantabas, y tu canto era emotivo y eterno, mas dentro de tu alma, saliendo por tus pupilas, una tristeza embargante te servía de sombra. Desapareciste en el fondo de un avión, y el destino me era incierto.
Otras ocasiones te vi, con nombres como: Atenea, Audrey, Janice. Tu cuerpo fue cambiando, pero sobre tu imagen siempre reinaba el resplandor dorado de tu cabello. El acomodador hablaba bien de ti, y con palomitas tragaba tus diálogos. Tiempo en tiempo aparecías en imágenes, y tu fama crecía como el dolor sobre mi pecho.
De regreso en mi hotel pedía al barman descorchar alegría púrpura, y tres botellas bebía cada noche a mi regreso, en la misma habitación: treintaicuatro, que te acogió por cuatro meses. Tu respuesta no llegaba y los años continuaron pasando. El periódico anunció tu compromiso, al igual que la boda sería en Octubre. Ese Septiembre me la pasé escuchando a Sinatra, Artie Shaw, y algunas canciones de Lenny Kravitz. Sus letras evocaron los momentos que te conocía, en los instantes que vi tu marginal sonrisa de diva. Zola o Aurora, o cualquier nombre que te colocaras, eras la figura de mi sueño, y te amé tan intensamente como tú a otros en las películas.
Te presentaste en Noviembre, filmarías en Durango. Los productores se hospedaron en mi hotel, y tú con ellos. Lo sabías, que aquí iniciaste tu carrera, o al menos una parte favorable. Ni te percataste de mi presencia, el aroma de la indiferencia rondaba tu vista al posarse en mi rostro. No importaba, los años cobran el olvido.
Presentándome ante ti, pediste un platillo de enchiladas. Al llevártelas, me pasaste una nota: te espero en la habitación treintaicuatro a la media noche, me pediste. Los caracteres de tu nombre, en el trazo de tu mano, incitaron mi lujuria por amarte. Esperando, en la cama y la ventana, después de diez minutos apareciste por la puerta. La maravillosa mujer en que te convertiste me trajo tu recuerdo, el segundo en que te vi beber el primer sorbo del café que te preparé. Hablamos, por dos o más horas. El cansancio era relegado a no obscurecer nuestra conversación. Mencionaste mi nombre, la carta, y mi petición, en pocas semanas te casarías, ya que tu boda la habías pospuesto. “Te amo, pero me he enamorado de este hombre”, dijiste, después continuaste: “Pero no estoy segura… debía verte”. La obertura de bodas de Fígaro escuché de fondo mientras hablabas.
Me fui, no quise contestarte más allá de las palabras que antes mencioné. Ocultaban mis carcajadas lo que realmente sentía.
Ahora, en pocos minutos te casarás, y el tal Fonseca será tu hombre, el marido que ocupe mi lugar. No te lo mencioné, en varias ocasiones viajaba en mi juventud. Me dedicaba a rodar películas, hasta que mi fama oscureció mi nombre, tiempo en que decidí apartarme del celuloide y regresar a mi hogar. Compré el hotel, y mantengo el recuerdo de mis amigos, los que me incitaban a regresar a filmar. Hoy decidí escribir guiones, y comencé con uno. De mis lágrimas salieron letras, y de mis venas emanaba la tinta. Augusto Conte aún me escribe, pero ya no he contestado sus cartas.
jueves, 20 de mayo de 2010
TRES POEMAS A ELLA
MUDO
Entre sueños fabrico un collar de estrellas.
Te espera dentro de mi alma,
dentro del cofre que no has cerrado,
y adentro hay un lugar para ti.
Hoy jugué a verte de lejos y no hablar.
Perdí la voluntad y las consecuencias me persiguen.
Hay mucho que contar, pero nada te dije.
Subo las escaleras al cielo para entregarme.
Nazco entre un crepúsculo de promesas,
de sufrimientos no vividos.
Háblame, di que sí.
Quiéreme, y en el fin del mundo di que sí.
No me importa si las estrellas no brillan.
Mañana te veré sentada en la tarde,
recibiendo la distancia de mi cuerpo y palabras.
FRENTE AL TEATRO
Teje el mundo con los dedos de tu aguja.
Despunta suave el anillo de mi orilla.
Cambia el día, vistiéndose de tarde.
Consigue un pendiente antes de la una
para salir de noche. Ve que se hace tarde.
Desparramada sobre tu vientre luce mi palabra,
recurriendo al futuro para colgar de tu cadera.
Vestido para tu encuentro aguardo.
El teatro maquilla sus actrices con seda,
cae la hora, sube la noche.
Consigue el tiempo estimado para llegar
temprano. Ve que pasa la oscura noche.
Hay un par de limones en mi canasta,
como ese débil mundo que me acoge al verte.
Hay un vacío en mi alma entusiasta,
mientras regreso a casa para soñarte.
LINDA
Un corazón que se acaba es un latir ardiendo.
Un fuego embalsamado lucha por crecer,
y lo único que cuento es el tiempo lento.
Esclavo del sonido encuentro en mí.
Es la dicha de saber lo cierto y exacto.
Una claridad de adorar el movimiento.
Así como los ciegos no te ven, yo
no veo el día que te lo diga,
el momento que atraiga tu cuerpo bello.
Enciendo un cigarro apagando la vida,
es una reliquia inmóvil, pesada.
Pero por alma tengo carácter.
Cuando aceptes mis palabras olvidaré
las horas que contigo pasé. Yo
enfermo en delirio, por siempre te amaré.
Entre sueños fabrico un collar de estrellas.
Te espera dentro de mi alma,
dentro del cofre que no has cerrado,
y adentro hay un lugar para ti.
Hoy jugué a verte de lejos y no hablar.
Perdí la voluntad y las consecuencias me persiguen.
Hay mucho que contar, pero nada te dije.
Subo las escaleras al cielo para entregarme.
Nazco entre un crepúsculo de promesas,
de sufrimientos no vividos.
Háblame, di que sí.
Quiéreme, y en el fin del mundo di que sí.
No me importa si las estrellas no brillan.
Mañana te veré sentada en la tarde,
recibiendo la distancia de mi cuerpo y palabras.
FRENTE AL TEATRO
Teje el mundo con los dedos de tu aguja.
Despunta suave el anillo de mi orilla.
Cambia el día, vistiéndose de tarde.
Consigue un pendiente antes de la una
para salir de noche. Ve que se hace tarde.
Desparramada sobre tu vientre luce mi palabra,
recurriendo al futuro para colgar de tu cadera.
Vestido para tu encuentro aguardo.
El teatro maquilla sus actrices con seda,
cae la hora, sube la noche.
Consigue el tiempo estimado para llegar
temprano. Ve que pasa la oscura noche.
Hay un par de limones en mi canasta,
como ese débil mundo que me acoge al verte.
Hay un vacío en mi alma entusiasta,
mientras regreso a casa para soñarte.
LINDA
Un corazón que se acaba es un latir ardiendo.
Un fuego embalsamado lucha por crecer,
y lo único que cuento es el tiempo lento.
Esclavo del sonido encuentro en mí.
Es la dicha de saber lo cierto y exacto.
Una claridad de adorar el movimiento.
Así como los ciegos no te ven, yo
no veo el día que te lo diga,
el momento que atraiga tu cuerpo bello.
Enciendo un cigarro apagando la vida,
es una reliquia inmóvil, pesada.
Pero por alma tengo carácter.
Cuando aceptes mis palabras olvidaré
las horas que contigo pasé. Yo
enfermo en delirio, por siempre te amaré.
lunes, 3 de mayo de 2010
BLANCA
Qué ven tus ojos que mi vista no encuentra.
Dónde encontrar mi cuerpo por la noche.
Hay sueños en el vórtice, y un círculo concéntrico a su lado.
¿Has escuchado el sonido de la muerte?
Diré que suena como agua en un resumidero.
¿Para qué llegar a viejo y alargar los días?
No es que extrañe verte tan seguido,
simplemente pienso en que es cierto.
Resucitación cardiopulmonar.
Pero ¿cuál maniobra es usada para quitar a los familiares,
esos que quieren controlar hasta la muerte?
Desconocen que aquello no se puede.
Son de los que pagan por terminar
una gotera por dejar mal cerrada la llave.
Llegó el paramédico-
¿por qué no llamaron al doctor?
Estaba cuidando una nieta-
Dos acciones que estas personas suelen hacer.
Hoy los vi, van al hospital, y mi abuela en la ambulancia blanca.
Dónde encontrar mi cuerpo por la noche.
Hay sueños en el vórtice, y un círculo concéntrico a su lado.
¿Has escuchado el sonido de la muerte?
Diré que suena como agua en un resumidero.
¿Para qué llegar a viejo y alargar los días?
No es que extrañe verte tan seguido,
simplemente pienso en que es cierto.
Resucitación cardiopulmonar.
Pero ¿cuál maniobra es usada para quitar a los familiares,
esos que quieren controlar hasta la muerte?
Desconocen que aquello no se puede.
Son de los que pagan por terminar
una gotera por dejar mal cerrada la llave.
Llegó el paramédico-
¿por qué no llamaron al doctor?
Estaba cuidando una nieta-
Dos acciones que estas personas suelen hacer.
Hoy los vi, van al hospital, y mi abuela en la ambulancia blanca.
martes, 13 de abril de 2010
LA PUERTA
Mi fuerza es mi dolor, en la noche. Lo quiero.
He de abrir esa puerta. He de cruzarla. He de vencerla.
Pablo Neruda
Ni tenía idea de lo que encontraría en una piedra, invisible ante los viajeros de aquél parque, rodeado de estatuas de héroes.
Mi mano escarbaba en la aridez del hambre, luchando contra la tierra por el alimento. El dolor que un hombre siente por la sed, lo empuja a buscar en el fondo de la tierra. Varios días tenía; tal vez semanas; sin comer más que aire enrarecido.
El segundo en que la dureza de mis callos chocó con el objeto; escondido bajo el suelo; se ha quedado grabado en mi memoria. Y grabados caracteres contenía dicho objeto, redondeado por los cantos, aplastado por los pies. Era un pequeño secreto su escondite, pero lo encontré en las sombras de la noche.
Al día siguiente, con ayuda de la luz solar y de una lupa, leía lo que revelaba un hombre; eso quiero creer que era; desesperado como yo en aquellos instantes; yo por saber lo que me decía, él por alguna circunstancia desconocida. Era encantador el clima, el cielo se abría en la plenitud de la aurora, celeste, azulada, la que no observaba desde mi juventud.
Pero es de la inscripción de la que quiero hablar, y esa inscripción decía:
Centellea en sus vértices la luz, del otro lado se adivina un mundo, iluminado por desconocido resplandor, en familiar incandescencia.
Espero, con el picaporte en mis manos. Tierna melancolía se esconde, de este lado en que me encuentro.
Penumbra reinante, la helada sombra de mi porte. El sonido persigue el eco, mi grito lucha por encontrar el viento.
La sonrisa de la luna dispara una sorpresa, y sin pensarlo, tiemblo encadenado a mi existencia.
Vacío, todo veo vacío, ni el color se enciende con mis ánimos.
Existió el tiempo en que sonreía. Viví una corta infancia, plagada de juegos frente a mis padres, escondido de los soles y de los alcoholes.
Pero ahora, en el lugar en que me encuentro, ninguna manta me cubre, ni el llanto ni el dolor me recorren. Todo luce sombrío, con la cadencia de un susurro, con el aroma de un beso.
Mi alma se esconde de mis intenciones, no desea acercarse. Pero me muevo, con lo poco de mis fuerzas, con lo mucho de mis miedos. Hasta que suelte el picaporte, tendré noción de lo que esconde, esa puerta oscura, la que se yergue imponente frente a mis ojos.
Diseño de metal, frío de invierno, todo se puede percibir a la distancia. Tal vez una dimensión flameante, de caricias y sueños. Tal vez una tumba tenebrosa, con gusanos morenos.
El trueno, la lluvia, un siseo conocido, escurriéndose desde la lejanía. El cielo me envuelve, tan infinito como mis preguntas, inexistente como mis alivios.
La quietud desaparece, la locura me invade. El brillo me llama, giro el picaporte.
Pero no hube de ver lo que vendría después, aún me estremece lo que sucedió en aquel momento: la piedra se desmoronaba entre mis dedos, convirtiendo en polvo las palabras, viajando con el viento.
La dirección de mis pies siguieron el polvo, me sentía ilusionado por contenerlas entre mis manos. Intentos vanos destrabé en contra del aire, hasta que el ascetismo me empujó al suelo, retornando al rigor de la falta de fuerza.
Ahora me encuentro recordando ese momento, porque en mi estado; inmóvil entre gemidos mudos; veo una lisa superficie frente a mí.
Plana y oscura como un cuervo, brillante cual estrella nocturna, aparece una puerta, y algo me habla desde el otro lado: ¿HAS VISTO MI PIEDRA?
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