jueves, 27 de mayo de 2010

HABLA

Para ser primavera quiero invierno.
Lo helado del clima comprende mi sentir:
Vivir poco, morir pronto.
Herido en la garganta
la luna sube hasta tus ojos.
Siento el cuchillo de plata,
en la pupila,
en la oreja
y en la dulce vista de mis ojos.

Es complicado darte el ramo,
pues fue extraído de tu casa.
Los días se han ido,
más y más lejos.
Pienso en llamarte
y que nadie sepa mi destino.

Estoy solo sin comprender,
lo que soy y miro.
Estoy inquieto por dentro
seguro de tu ternura
de la cura de mi mal.
Fue la cuerda de guitarra
eléctrica al oído.
Antiguo respiro
de mi alma humana.
No necesito decir lo que siento,
ni que me llores en este momento.
Soy lo que el reflejo dice
soy el que huye
soy lo que hice.

lunes, 24 de mayo de 2010

Scott Fitzgerald




Suelo retirarme por las noches al rincón del patio trasero de mi casa para escribir, leer, escuchar música o simplemente pensar y hablar por teléfono. Escucho los ruidos de la ciudad conforme veo el cielo, las macetas, las ventanas con sus protecciones y un árbol de zapote que crece en el jardín de la vecina. Suelo ir para estar solo, ya que las personas de casa interrumpen concentrarme. Hay momentos que recuerdo incansable lo que pasé, lo que viví, o que imagino lo que me gustaría hacer. Suelo normalmente sentarme en un bote de agua, y es este el punto que volvió a mi mente conforme leí a Scott Fitzgerald (es inevitable no sucumbir ante lo que escribió):
-¿puedo preguntarles, señores, por qué prefieren pasar su tiempo libre en un cuarto que, por lo que puedo ver, sólo está amueblado con escobas? Y, dado que la raza humana ha progresado hasta el punto de fabricar 17.000 sillas al día, excepto los domingos... —se interrumpió un instante. Rose y Key lo miraban boquiabiertos—. ¿Les importaría decirme —continuó Peter— por qué han decidido sentarse sobre objetos que tienen como fin el transporte de agua de un lugar a otro?

De aquí se desliga la idea de sentirse único. Soy como todos, y alguna vez alguien lo ha hecho.

NUEVE LÁGRIMAS


¿Has bebido un bolero mientras
el cigarro se sostiene entre los labios?
El sabor de la vida, el humo de tabaco
basta un respiro para impulsarlo como al llanto.

Una vez no es suficiente para amar.
Con la soledad en mi camino, atrapo
el dulce y amargo suspirar,
de volver a una ilusión de antaño.

Flor de primavera y cuerpo de fruta.
Fuiste la primera,
en donde me detuve
hasta saber que eras… y me contuve

por decir que el tiempo fue suficiente.
El viento entre el metal resuena
en mi vida como sombra de sombra,
como fuego de flama en el alma.

Hay motivos para ser triste,
pero esta noche arrullo el recuerdo
que se acerca, aligerando
la melancolía por verte.

Tú a lo lejos en lo azul de lo incierto.
Como un sueño al despertar pienso
que deseo y ansia van con tu nombre.
Ven, ven, acércate a tu hombre.

Infinito y suave van en ti
los tibios perfumes que sentí.
En lo rosa, en lo lindo,
en lo que contigo he vivido.

Por mucho que trate de esconderlo
por mis ojos destella el brillo del sentimiento.
Un instante, un momento
en que por no decirlo me arrepiento.

He querido rodar nueve lágrimas
sin que mis ojos aflijan lo que ven.
Una por una caen y caen,
rondan por mis mejillas.

Falta la presencia tuya en esta hora.
Voy perdiendo la memoria,
como si el bolsillo estuviera roto
en los silencios de ser otro.

Dentro de la angustia crece el oro,
y el valor es lo que no deseo
sino tu comprender mis grutas húmedas,
o las desconocidas cicatrices

en la piel de quien te ama.
Se apaga la llama con cada minuto de ausencia.
Eres mi oxigeno, eres mi esencia…
eres lo que ansío con demencia.

SUEÑAS




Mis caricias serán para desnudarte,
tocando tu alma, tranquila como el Levante.
Cubrirás con mi calor tu cuerpo de invierno,
y el soplo de mis labios refrescará tu verano.

Este día sin ti fue una caverna,
oscura y silenciosa cual pájaro dormido.

Sigue la luna sobre la triste noche,
sigue, con el sol del otro lado del horizonte.
Me sueñas con el olvido del despertar,
y el blanco recuerdo se irá sin cantar.

Ya cae la luna del día, el día en la noche, la noche sin ti.
Ya despierta la mujer en su cama, y su memoria huye de mí.



viernes, 21 de mayo de 2010

Lágrimas y Tinta


Blancas paredes cubren mi lecho, el lugar que me vio nacer y enfermar. Un instante antes de dormir; cuando el silencio cruza entre el sonido de los grillos; vuelvo a recordar las palabras que le dije, a ella, a quien me causara una gran risa, debido a su falta de prudencia:
Atrévete a decir que el olvido llega en cuestión de segundos. La libertad es un ideal que vive en los arrepentimientos de las almas cobardes. Enamórate, no hay problema, pero mi recuerdo perdurará.
Figuras en el aire dibujan tus palabras, diciéndome que yo era lo único que amabas, lo que buscabas al anochecer. Muéstrame el crepúsculo de mis penas, que a tu lado dejé la llave. Abre la puerta e invítame a entrar, ya dentro, enséñame a vivir, enséñame a morir, enseña lo que sólo tú sabes decir.
Venías de tan lejos que quise acogerte en mi propia casa, y así fue. Te conocí cuando el invierno golpeaba en Diciembre, y esa Navidad apareciste frente al hotel. Salí a recibirte, y, con el delgado abrigo de tu pañuelo sobre tu cuello, me preguntabas por un lugar para pasar la noche. Te respondía con las tarifas que dábamos, pero una reticencia a entrar noté en ti. Supuse que tu belleza atraía la extravagancia; no eras fea, tampoco vestías elegante. Quisiste partir, y te envolví con mi saco. “No, no, señor, no puedo aceptarlo”, decías. Pero pude convencerte con una taza de café. En el estrecho cuerpo se ceñía tu vestido, y el doblez sobre tu rodilla intensificaba su color aperlado. Jugueteabas con las zapatillas rojas, moviéndolas para ocultar el desgaste, el tacón bajo con lodo. Hablamos de las personas que, como nosotros, no tenían familias con quien pasar el día. También comentamos sobre aquellos que huyen de sus familias para evadir la cena de rigor. Sí, en mi juventud me paseaba en esa circunstancia, hasta que cambié de residencia, de país y de ciudad. Recuerdo que mencionaste Hombros y Cabeza, al escucharte, un estremecer friolento me recorrió la columna, y supe que no era el invierno, ni la temporada, fue el estremecer que acompaña la empatía. Me encantaba desde entonces Scott Fitzgerald, y por tu manera de hablar del cuento me produjo esa sensación. Accediste a dormir en una habitación, después de dos cafés la confianza había crecido.
Despertaste, apareciste en la recepción y me regresabas el saco. Sin maletas te presentaste, sin maletas te veía partir. “Señorita, señorita, ¿gusta desayuno?”, dije, alcanzándote en la tienda de cigarros al costado del hotel. “Mmmm…”, contestabas. “Ándele, la señora hace buenos platillos, y su café es mejor que el mío”. “Entonces, si es como usted lo dice, apruebo la invitación”, contestaste, envolviendo tu pañuelo azul sobre tus manos. Nunca me dijiste si la respuesta fue por mi forma de preparar el café la noche anterior, o que querías alargar plática conmigo, pero eso no importa. Entraste de nuevo, sentándote en la mesa tres del restaurant, en la misma silla de la noche anterior, colocando la pieza faltante en el molde. Percibí, al acompañarte, ese invisible verano desde tu cuerpo. El azulado pañuelo lo colocaste en tu regazo, revolviendo después tus rizos rubios, sin tinte, entre tu mano derecha. Sobre tu rostro no figuraba maquillaje más allá de la sangre en tus pómulos, y el color de tus labios me recordaban el salmón crudo. Los adornos Navideños nos rodeaban, “Creo que se deberían quitar las campanas y las Nochebuenas, ya pasó la fiesta”, comentaste. Ahondamos en ese tema: quitar los recuerdos de lo desaparecido, de lo que ya no creemos. Ninguna religión te contó entre sus filas, ningún partido político te convenció con sus mítines. Me dijiste mucho, comentabas sobre tu vida.
Buena mujer me pareciste, tal vez un poco desamparada, pero mientras comías no hacías ningún ruido al masticar, tu manejo de los cubiertos era de primer orden, y las palabras con que hablabas eran muy numerosas, algunas las escuché por primera vez de tus labios. Tu voz, entre niña y mujer, sostenía una claridad infinita. Veinte años, veinte primaveras, y diez pesos en la bolsa: la forma con que dijiste que habías llegado al hotel. Ciertamente supuse que no tendrías dinero, pero lo de la edad ni lo imaginé.
-¿A qué se dedica, señorita?
-Zola, dígame así.
-¿Cómo?
-Me disgusta la formalidad. Ya estamos entrando en confianza, y me parece acorde que sepa mi nombre: Zola Detto.
-Muy bien, señorita Zola.
-Le digo que Zola está bien.
-Zola, ¿A qué se dedica?... ¿sí lo dije bien?- te dije, y reíste cómo para entonces no te había escuchado.
Decías que partiste de Italia, cargada de dos maletas de cuero, recomendaciones escritas en tu bolso, de un tal Augusto Conte, y la dirección de una casa productora cinematográfica. Augusto había visto tu desenvoltura en el teatro, armando sentimientos y muecas a la perfección, tan correctamente como si de un Miguel Ángel haciendo esculturas se tratara. La actriz iniciaba sus gustos por el cine, dijiste. Pero a mí me parecías mas bien la Mona Lisa jugando a falsificar llanto. Seguiste explicando que las maletas se perdieron tan pronto arribó tu barco, el Apolonio, donde el montacargas sufrió los embates de la tempestad, provocando que la tormenta arrastrara tus pertenencias al mar. Lloraste, un poco, pero yo creo que ni una lágrima se asomó entre tus ojos. Empapada y con el bolso, fuiste a la casa productora. Nadie te recibió, y ni tus recomendaciones convencieron al velador para darte la dirección del dueño. Con suprema lentitud caminaste por las calles de Veracruz, encontrando una pequeña casa de huéspedes. La señora Tita te acogió como su ahijada, mostraba una placidez por tu encanto. Trabajaste ahí por seis meses, lo suficiente para venir hasta Durango, habías escuchado de la gira de ballet Ruso, y querías retomar el baile, o el teatro. Escuchaste del ballet por un viajero, el que se encargaba de las actividades culturales en esta ciudad. Con el nombre en tu mente: Fernando Terrazas, apareciste frente al teatro Ricardo Castro. Para tu sorpresa, el tal Fernando no lo conocían, y ni el ballet Ruso había conocido de ese teatro. Nuevamente, sin esperanza, volviste a tu hotel, para encontrarte con que; al entrar en la habitación; ninguna maleta estaba dentro. Preguntando a recepción, te informaron que apareciste sólo con lo que llevaste puesto: no señorita, no traía nada… es en serio, te dijo el encargado. Ahí recordaste que al bajar del autobús, e ingresar en el taxi, fue tanta tu emoción y premura por ver a Fernando, el invisible amante que te dio la bienvenida a México, que te olvidaste de tomar tus maletas, las nuevas que adquiriste con tus pocas ropas, arduamente sufragadas por el trabajo en el hostal. Reíste, y no sabías si era de rabia o desconsuelo. También soltaste una carcajada cuando me dijiste eso, y el tenedor temblaba entre tus dedos. Después optaste por caminar por la ciudad, sin rumbo fijo, sin saber para qué o por qué.
Vi tu tranquilidad; era el siguiente día de tu arribo al teatro. Ofrecerte trabajo me pareció infame, por lo que sólo te conté que yo sí conocía a personas de los teatros. Conté sobre Alba, la directora de la compañía teatral. Por esos días las funciones no eran regulares, pero sin duda podría ponerte en contacto con ella. Tres semanas después se estrenó: La Sonata de Isbelia, en el teatro Victoria. Vestías la falda marrón claro, y entintaste tu cabello a negro. Magnifica y soberana lucías, donde al término de la función, celebramos con la compañía. Bebimos vino tinto, y tu directora; Alba; se acabó la cerveza como agua. Ya en la alcoba, mencionaste lo extraño de Alba, “¿Por qué tomará cerveza en una copa de Martini?”, no supe qué contestarte, pero en la habitación; la misma en que dormiste por cuatro meses en mi hotel; nos enfrascamos en ver por la ventana. Las ondas de luz flotaban sobre la avenida de enfrente, y tu mirada se volvió hacia mí, de la forma en que; para ese entonces; no me habías visto. La mirada vidriosa, transparente y clara, me dijo que el deseo de tu cuerpo anhelaba mis brazos, darme las gracias por mis atenciones. Te abracé, besé tu frente, y me despedí cortésmente.
Ya era mediados de Abril, tus funciones se trasladaron a Francia. “No sé hablar francés”, dijiste muy preocupada, pero te alenté a ir. Habías cumplido años ese día, y las lágrimas en tus ojos fueron verdaderas. El pánico se arrinconó en mi ser, te dije que te amaba, que fueras mi esposa. El silencio en tu voz inundó la habitación, y mi pánico comenzó a crecer, devorando todo el oxigeno, acortándome el aliento. Nos amamos, y partiste al siguiente día, diciendo: “Cuando llegue, te escribo carta, dentro del sobre vendrá mi respuesta”.
Abril terminó, Mayo también, pero el siguiente invierno no me trajo ni tu carta, ni tu respuesta, tampoco tu cabello rubio.
Fue en Enero en que te vi, ahora decías llamarte Lucía Phol. Nacida en los suburbios de Berlín, lectora de Goethe, Neruda, y asidua de la corriente romántica. Tu cabello era el mismo rubio, pero ahora era más largo. Vestías a la moda, y las joyas brillaban con los destellos de tu sonrisa. Salías de la ducha, entraste en un concierto, pero no lo resistí más, dejé las palomitas y me fui al hotel.
El verano de ese año te encontré nuevamente, y te llamaste Aurora Castro. Nacida en Buenos Aires, de familia aristocrática, perteneciente a las industrias de carbón. Sonreías y cantabas, y tu canto era emotivo y eterno, mas dentro de tu alma, saliendo por tus pupilas, una tristeza embargante te servía de sombra. Desapareciste en el fondo de un avión, y el destino me era incierto.
Otras ocasiones te vi, con nombres como: Atenea, Audrey, Janice. Tu cuerpo fue cambiando, pero sobre tu imagen siempre reinaba el resplandor dorado de tu cabello. El acomodador hablaba bien de ti, y con palomitas tragaba tus diálogos. Tiempo en tiempo aparecías en imágenes, y tu fama crecía como el dolor sobre mi pecho.
De regreso en mi hotel pedía al barman descorchar alegría púrpura, y tres botellas bebía cada noche a mi regreso, en la misma habitación: treintaicuatro, que te acogió por cuatro meses. Tu respuesta no llegaba y los años continuaron pasando. El periódico anunció tu compromiso, al igual que la boda sería en Octubre. Ese Septiembre me la pasé escuchando a Sinatra, Artie Shaw, y algunas canciones de Lenny Kravitz. Sus letras evocaron los momentos que te conocía, en los instantes que vi tu marginal sonrisa de diva. Zola o Aurora, o cualquier nombre que te colocaras, eras la figura de mi sueño, y te amé tan intensamente como tú a otros en las películas.
Te presentaste en Noviembre, filmarías en Durango. Los productores se hospedaron en mi hotel, y tú con ellos. Lo sabías, que aquí iniciaste tu carrera, o al menos una parte favorable. Ni te percataste de mi presencia, el aroma de la indiferencia rondaba tu vista al posarse en mi rostro. No importaba, los años cobran el olvido.
Presentándome ante ti, pediste un platillo de enchiladas. Al llevártelas, me pasaste una nota: te espero en la habitación treintaicuatro a la media noche, me pediste. Los caracteres de tu nombre, en el trazo de tu mano, incitaron mi lujuria por amarte. Esperando, en la cama y la ventana, después de diez minutos apareciste por la puerta. La maravillosa mujer en que te convertiste me trajo tu recuerdo, el segundo en que te vi beber el primer sorbo del café que te preparé. Hablamos, por dos o más horas. El cansancio era relegado a no obscurecer nuestra conversación. Mencionaste mi nombre, la carta, y mi petición, en pocas semanas te casarías, ya que tu boda la habías pospuesto. “Te amo, pero me he enamorado de este hombre”, dijiste, después continuaste: “Pero no estoy segura… debía verte”. La obertura de bodas de Fígaro escuché de fondo mientras hablabas.
Me fui, no quise contestarte más allá de las palabras que antes mencioné. Ocultaban mis carcajadas lo que realmente sentía.
Ahora, en pocos minutos te casarás, y el tal Fonseca será tu hombre, el marido que ocupe mi lugar. No te lo mencioné, en varias ocasiones viajaba en mi juventud. Me dedicaba a rodar películas, hasta que mi fama oscureció mi nombre, tiempo en que decidí apartarme del celuloide y regresar a mi hogar. Compré el hotel, y mantengo el recuerdo de mis amigos, los que me incitaban a regresar a filmar. Hoy decidí escribir guiones, y comencé con uno. De mis lágrimas salieron letras, y de mis venas emanaba la tinta. Augusto Conte aún me escribe, pero ya no he contestado sus cartas.

jueves, 20 de mayo de 2010

TRES POEMAS A ELLA

MUDO

Entre sueños fabrico un collar de estrellas.
Te espera dentro de mi alma,
dentro del cofre que no has cerrado,
y adentro hay un lugar para ti.

Hoy jugué a verte de lejos y no hablar.
Perdí la voluntad y las consecuencias me persiguen.
Hay mucho que contar, pero nada te dije.

Subo las escaleras al cielo para entregarme.
Nazco entre un crepúsculo de promesas,
de sufrimientos no vividos.
Háblame, di que sí.
Quiéreme, y en el fin del mundo di que sí.

No me importa si las estrellas no brillan.
Mañana te veré sentada en la tarde,
recibiendo la distancia de mi cuerpo y palabras.


FRENTE AL TEATRO

Teje el mundo con los dedos de tu aguja.
Despunta suave el anillo de mi orilla.
Cambia el día, vistiéndose de tarde.

Consigue un pendiente antes de la una
para salir de noche. Ve que se hace tarde.

Desparramada sobre tu vientre luce mi palabra,
recurriendo al futuro para colgar de tu cadera.

Vestido para tu encuentro aguardo.
El teatro maquilla sus actrices con seda,
cae la hora, sube la noche.

Consigue el tiempo estimado para llegar
temprano. Ve que pasa la oscura noche.

Hay un par de limones en mi canasta,
como ese débil mundo que me acoge al verte.
Hay un vacío en mi alma entusiasta,
mientras regreso a casa para soñarte.




LINDA

Un corazón que se acaba es un latir ardiendo.
Un fuego embalsamado lucha por crecer,
y lo único que cuento es el tiempo lento.

Esclavo del sonido encuentro en mí.
Es la dicha de saber lo cierto y exacto.
Una claridad de adorar el movimiento.

Así como los ciegos no te ven, yo
no veo el día que te lo diga,
el momento que atraiga tu cuerpo bello.

Enciendo un cigarro apagando la vida,
es una reliquia inmóvil, pesada.
Pero por alma tengo carácter.

Cuando aceptes mis palabras olvidaré
las horas que contigo pasé. Yo
enfermo en delirio, por siempre te amaré.

lunes, 3 de mayo de 2010

BLANCA

Qué ven tus ojos que mi vista no encuentra.
Dónde encontrar mi cuerpo por la noche.
Hay sueños en el vórtice, y un círculo concéntrico a su lado.

¿Has escuchado el sonido de la muerte?
Diré que suena como agua en un resumidero.

¿Para qué llegar a viejo y alargar los días?
No es que extrañe verte tan seguido,
simplemente pienso en que es cierto.

Resucitación cardiopulmonar.
Pero ¿cuál maniobra es usada para quitar a los familiares,
esos que quieren controlar hasta la muerte?
Desconocen que aquello no se puede.

Son de los que pagan por terminar
una gotera por dejar mal cerrada la llave.

Llegó el paramédico-
¿por qué no llamaron al doctor?
Estaba cuidando una nieta-
Dos acciones que estas personas suelen hacer.

Hoy los vi, van al hospital, y mi abuela en la ambulancia blanca.

martes, 13 de abril de 2010

LA PUERTA







Mi fuerza es mi dolor, en la noche. Lo quiero.

He de abrir esa puerta. He de cruzarla. He de vencerla.


Pablo Neruda







Ni tenía idea de lo que encontraría en una piedra, invisible ante los viajeros de aquél parque, rodeado de estatuas de héroes.
Mi mano escarbaba en la aridez del hambre, luchando contra la tierra por el alimento. El dolor que un hombre siente por la sed, lo empuja a buscar en el fondo de la tierra. Varios días tenía; tal vez semanas; sin comer más que aire enrarecido.
El segundo en que la dureza de mis callos chocó con el objeto; escondido bajo el suelo; se ha quedado grabado en mi memoria. Y grabados caracteres contenía dicho objeto, redondeado por los cantos, aplastado por los pies. Era un pequeño secreto su escondite, pero lo encontré en las sombras de la noche.
Al día siguiente, con ayuda de la luz solar y de una lupa, leía lo que revelaba un hombre; eso quiero creer que era; desesperado como yo en aquellos instantes; yo por saber lo que me decía, él por alguna circunstancia desconocida. Era encantador el clima, el cielo se abría en la plenitud de la aurora, celeste, azulada, la que no observaba desde mi juventud.
Pero es de la inscripción de la que quiero hablar, y esa inscripción decía:
Centellea en sus vértices la luz, del otro lado se adivina un mundo, iluminado por desconocido resplandor, en familiar incandescencia.
Espero, con el picaporte en mis manos. Tierna melancolía se esconde, de este lado en que me encuentro.
Penumbra reinante, la helada sombra de mi porte. El sonido persigue el eco, mi grito lucha por encontrar el viento.
La sonrisa de la luna dispara una sorpresa, y sin pensarlo, tiemblo encadenado a mi existencia.
Vacío, todo veo vacío, ni el color se enciende con mis ánimos.
Existió el tiempo en que sonreía. Viví una corta infancia, plagada de juegos frente a mis padres, escondido de los soles y de los alcoholes.
Pero ahora, en el lugar en que me encuentro, ninguna manta me cubre, ni el llanto ni el dolor me recorren. Todo luce sombrío, con la cadencia de un susurro, con el aroma de un beso.
Mi alma se esconde de mis intenciones, no desea acercarse. Pero me muevo, con lo poco de mis fuerzas, con lo mucho de mis miedos. Hasta que suelte el picaporte, tendré noción de lo que esconde, esa puerta oscura, la que se yergue imponente frente a mis ojos.
Diseño de metal, frío de invierno, todo se puede percibir a la distancia. Tal vez una dimensión flameante, de caricias y sueños. Tal vez una tumba tenebrosa, con gusanos morenos.
El trueno, la lluvia, un siseo conocido, escurriéndose desde la lejanía. El cielo me envuelve, tan infinito como mis preguntas, inexistente como mis alivios.
La quietud desaparece, la locura me invade. El brillo me llama, giro el picaporte.
Al término de los caracteres; pequeños y difuminados; existía un derretimiento de la piedra. Aún dentro de mí lo veo, confundido por sus inquisiciones, preocupado por saber lo que existía tras la puerta.
Pero no hube de ver lo que vendría después, aún me estremece lo que sucedió en aquel momento: la piedra se desmoronaba entre mis dedos, convirtiendo en polvo las palabras, viajando con el viento.
La dirección de mis pies siguieron el polvo, me sentía ilusionado por contenerlas entre mis manos. Intentos vanos destrabé en contra del aire, hasta que el ascetismo me empujó al suelo, retornando al rigor de la falta de fuerza.
Ahora me encuentro recordando ese momento, porque en mi estado; inmóvil entre gemidos mudos; veo una lisa superficie frente a mí.
Plana y oscura como un cuervo, brillante cual estrella nocturna, aparece una puerta, y algo me habla desde el otro lado: ¿HAS VISTO MI PIEDRA?

Rosamunda




ROSALINDA


Sembré tu nombre en mi pobre huerto,
junto a vides, tabaco,
azaleas, camelias.

Hay semillas de tu cuerpo, joven.
Hermoso.
Derrite tu risa el vacío, ayer.
El deseo.

Por qué nutres mis letras?
Acaso sabes mis secretos?

Tiemblo al nombrarte en la primavera,
tomo vino, fumo,
pienso y duermo.

Mientras comes años, no te marchitas
no te diluyes,
pero ocultas mi soledad en tus ramas.



Encuentra el infinito tu mirada, dulce.
Preciosa.
Floreces en todo el año, entero.
Te quiero.




AROMA ROSY

El flujo de tu perfume nace desde el mármol
desconozco sus elementos
transparentes formas como un árbol.
Pero se acercan, todos están sujetos
a tu nombre, a tu isla.

Digo con el pensamiento que eres de cera
una débil cuerda
enredándose por dentro hacia afuera.
Puedo verte, siseando pequeña
en mi cuello, en mi alma.

Bien de un cuerpo flotaba en el agua
balanceando sus miembros
sobre una esfera corta y superflua.
Pero se aleja, con olores físicos
hasta mí, hasta aquello.



DOLOR DE VIOLÍN

¡Oh dolor, dolor de violín!
Marzo susurra tu número,
la ficha está en el cuadrante izquierdo.
Dolor del silencio.
Ausencia sin fin.

Es una noche tranquila, amiga.
Fría melancolía, de tiernas cuerdas.

El viento fluye con tus palabras,
es una invitación de conocerte.
Tinta con papel en cartas,
así permanezco, solo en la muerte.

Teclas en los ecos, ausentes.
Perdidos futuros,
flameantes,
caen como frutos.

Suspiro de mora, color de ajedrez.
Piensa, ha llegado la hora.
El camino, puede esta vez
cantar mientras cuelga.

¡Oh dolor, aurora sin fin!
Lo escribo en sonata,
tiembla en el pasto con el sonido del agua.
Placer de mi alma.
Voz femenina de ti.

La tarde termina, amiga.
Alguna nostalgia, en esas cuerdas.

Escurre el humo desde el fuego,
coronación de labios cerrados.
Las letras que guardo,
te las doy, seremos hermanos.


Destruye el dolor, callada.
Escucha tranquila,
reservada,
cual flama encendida.

ROSY

Porque tienes el silencio grabado, la risa en tu mano.
Llevando el aroma en mi cuerpo, vienes
llegas de lejos y a mi lado permaneces.

Tres años caen y se levantan, son como angustias.
Suspiras las palabras del mañana, hoy
sintiendo el latir de quien soy.

Gracias para qué o por qué?
No, el recuerdo permanece, dura.
No mutiles tu sentimiento, abrázalo.

Compañeros del instante de veinte años.
Veinte recuerdos más dos, largos.
Vino en nuestro vientre: copa.

Los oleajes de mi mente te piden la súplica.
Entiéndelo con las cartas, anúncialo al mundo.
Encendido fruto cargas, disfrútalo.



DISIMULO


Recuerdas que los pájaros volaban al sur mientras amanecía?
acuérdate que el viento por tus cabellos se movía,
surcando el invierno entre los adormecidos momentos del sueño.

Algunas horas del pasado recordé,
sentados frente a un café,
conversando.
También quise hablarte y explicar mi sentir,
mas no, era demasiado temprano.
Vivir, vivir. Latir.

Una gota de rocío cubre tu mirada.
La lluvia huía cuando me escuchabas.
Aquella tarde quedaba horas atrás,
perdiéndose, aleteando enojada.

Vastos campos de mi soledad,
cubren ahora tristes mi ansiedad.

Es un momento pasajero que no volverá.
Lo hago sin disimulo, lo hago.

23 de marzo, 2010

Dos películas y un mar de días.
Cierto, estoy cayendo en tus brazos.
Alguna vez canté a las tardías
noches del verano. Retazos,

eran inolvidables trazos de tu mano.
Pintora, escultora, musa mía,
puedes perder otro año,
y yo diré que estás cerca, siendo tibia.

El frío y la noche te traen,
temblando por la falta de abrigo.
Algodón y lana pronto te cubren,
son míos, de mí, un amigo.



LEJOS DE TI


Querer y odiar, solemnes palabras unidas con sangre.
Adorando el futuro y el pasado,
brota el final de la vida, el fin del hambre.
El inicio y el fin en un mismo paso.

Suspiro pequeños momentos de mi ayer soberano.
Te vas convirtiendo en recuerdo,
lo inútil de lo que no es cercano,
de las palabras tuyas antiguas, en un recado.

Beber y fumar, actos sublimes de mi soledad.
Vuelve la mente a un diluido ayer,
donde crece un río, con gran tempestad.
Un trueno que te invita conmigo, para ir a comer.

Entonces, ¿por qué dices que sí a mis elogios,
que una limonada bastará para los árboles,
o que te marque para ponernos de acuerdo?
Es una infame palabrería de un enredo.

El fuego flota y el humo desciende hasta mi espíritu.
Y tú, contenta con la distancia que corre,
la que dispara tus flechas de ausencia.
Me corroe, me mata, me aniquila tu perfume.

Vuelve por el camino que te vio partir,
y dime lo que creo querer escuchar:
Que el odio no se une con querer,
y que sin querer te fuiste sin mirar
atrás, a mí, a la película que habremos de filmar.

Una canción remota has de silbar caminando.
Eres el cuerpo del tiempo,
el anillo en mi dedo, el deseo de mi andar.

Soy el imán del silencio, y los sonidos continúan.




RETRATO

Enredado en mi cuello cuelga,
oscilando de un lado a otro como las olas.
Sé que fueron días y horas,
pero ahora mi boca habla vaga.

Son tus uvas, son tus ojos
son las llamas de aquel invierno encerrado.
Te aprieto en mi mano
como el grito se guarda en silencios.

Las pinzas sin tu falda
esperan en el patio tu llegada pronta.
No llegas y retuerce mi alma,
el viento de la eternidad violenta.

Un cigarro y otro y otro
y un vacío en mi costado enfermo.
El uniforme lo llevo puesto
con la ingenuidad de tu relicario.

Siendo crepúsculo de tu nombre
la yaga crece desde mi pierna.
Soy el de ayer contigo tierna,
el mismo que te dijo: hombre.

Pierdo el sentido del tiempo.
El viento fluye y se lleva lo que me queda.
Me siento frágil y viejo.
Tu brasa habla, desde tu boca muda.

Un arroyo nutriendo mi garganta,
desde el cuello delgado de la botella.
El vino vino, se fue el fuego,
yo permanezco fumando eterno.

Desde la ventana me hablo,
a mí, al reflejo de lo que desconoces.
Entrando en la noche tiemblo.
Abro la puerta girando sus goznes.

Pero no aparece tu estela mágica.
No entiendo lo que fue entonces.
Es más que una película trágica,
son imágenes en mi mente de tus goces.

Dos pies fuera con la voluntad adentro.
Detrás de la puerta al patio,
veo un retrato tuyo al centro.
Ojos secos, ojos colgando en el patio.

Creí en que los sueños duran
que su figura maquillada permanecía.
Mi alma entera se estremecía,
despertando con su olor de azafrán.

El suelo sirve de alfombra tibia,
acogedora como ese terciopelo tuyo.
Esparcido en la tierra huyo,
hacia la estrella oscura arriba.


Se ha de apagar la resistencia.
Tan fácil como decir: ya no.
Linda ilusión al decir: te quiero.
Ya no te quiero con insistencia.

Solía creer y pensar,
construir mil redes de cobre y fuego.
Eso fue antes de dormir,
fue antes de caer enfermo.

No hay mejor retrato que un pensamiento,
o que una canción para recordar.
Tarareo la melodía de un sentimiento
hacia ti, mujer, difícil de olvidar.


LA NOCHE QUE PENSÉ EN TI

Era una noche silenciosa y tibia,
del tipo que llamarían normal o agradable.
Las estrellas claras y brillantes revoloteaban tranquilas,
y una gran columna de fuego se fundió con el aire.

Estaba la luna grande y blanca,
casi podía reflejar la distante ciudad donde te vi.
El viento envolvió mi cuerpo débil al decir: atrapada.
Y sé que lo sentí, que vibré, que lloré, pues no estabas ahí.

II

Un mensaje suave espera que regreses,
y que poses para tomarte un retrato.
Poseo la virtud de la impaciencia
y sin esperar tu llegada
un cuerpo invisible abrazaré.

2 de abril, 2010

Cerca del mar en la playa, tu alma humana
tu cuerpo frágil.
Eres la distancia de mis palabras,
y ni una llamada ni flama te acercan.

Espuma que recorre en ti, sopla y escurre
en tu pie ágil.
Estamos separados como estrellas,
astros brillantes que no te escuchan.



DOMINGO SANTO

De nuevo el escudo de nubes cubre,
con sollozos de un niño a la espera.
Guardo la esperanza que se esconde,
en el cuerpo, en el alma, en esa pequeña esfera.

Qué pudiste hacer para sentirme así?
Dónde aprendí a vivir sin ti?
Eres el combustible que me mueve,
el que terminará por encenderse.

No lo quiero si de vacío se trata.
Que los sonidos de tu boca me atan,
me envuelven en tu recuerdo,
abrazando un fantasma cuando te sueño.

Cuando camino sigo las huellas,
buscándote tras sus invisibles siluetas.
El niño llora y llora,
preguntando la hora que te vea.




DEBES SABERLO

Tengo miedo de persuadirme de perder la razón.
Soy el pasajero de un viaje sin regreso,
de un destino sin momento.

Me voy a ese lugar por diversión,
por encontrar las palabras con qué decirlo.
Dejé las maletas con los recuerdos,
y no volveré por ellos.

Tu latir es un fino sismo,
estremeciendo cada pulgada de mi cuerpo.
No he dicho lo que siento,
pero lo que siento debes saberlo.

Nadie me impulsa al pozo en que estoy,
ni la luz encuentra rincón aquí.
Lo hablamos con miradas, y sabes que es por ti.


II

Es la energía de seguir hacia afuera,
el impulso de creer y esperar.
Débil reserva en mi fuerza,
invitándome a ser por amar.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Ausencia

No estaba dispuesto a dormir. Las sombras retomaron su reino cuando salí del cine. Mas bien era un teatro del siglo XIX adecuado para la proyección del film. Iniciaba con la historia de un hombre que pierde la dirección de una empresa que creaba electricidad, haciendo que su sueño se perdiera. Lo nombraron héroe. Su mujer lo amaba: “Ahora y siempre, pase lo que pase”, se juraron. Con aquella frase de cobijo, quería envolver el vacío en mi alma, ya que un pesado dolor me oprimió por no poder yo decir aquello. Ese hombre salvó miles de chinos, incluso siendo alemán. La noche helada recibía mi reflexión en los vidrios de los escaparates. Serenamente el viento reburujaba pequeñas partículas de humo, de polvo y de ideas. Con la claridad de la noche, un gusto surgía en mí: ir a un café a beber y tal vez comer. Sabía que no dormiría, y me parapetaba detrás de dos espressos para la batalla contra el sueño. Lo admito, es lo más venerado de mi vida, pero debía mantenerme alerta, pues las luces llegarían, y no estaba en condiciones de aceptarlas otra vez. Era una triste noche, no había logrado verla en ese día. Estaba sentado en el patio trasero del café Suspiro, justo frente a la fuente flotante, en la que ella y yo colocamos dos monedas con la imagen de una monja. Por supuesto que ya no estaban, pero al pasar cerca de ella, viendo al fondo, encontré las dos piedras en las que cayeron. Conectada mi computadora portátil, el brillo de la pantalla me anunció que algunos amigos estaban del otro lado de la ciudad, así que conversé con ellos. Encendía un cigarro tras otro, pero no lograba exhalar la sensación de soledad, ni el querer abrazarla. Era como si la tecnología me recordase que estoy solo sin lograr acortar las distancias. Comencé a pensar en el héroe de la película. Era casi un anciano, pero aún así tuvo el valor de enfrentarse a una guerra perdida. ¿Cómo enfrentaría mis propias batallas, con fuego, con alcohol, con tabaco y vino? Mis amigos estaban decidiendo nombres: Hijos del infierno, Pinceles verdes, Generación amarilla. Pero al fin se pusieron de acuerdo. Puse un disco de Paganini, y la dulzura de su melancolía atraía la presencia de ella. Flor de primavera que nació al final de invierno. Podría situar cada punto y lugar en que estuvimos, cada palabra que me extendió y compartimos, pero en su ausencia, la nitidez de mis recuerdos se perdían entre las luces. Cerrando los ojos, ella se apresuraba en aparecer, tan palpitante y sonriente como el día que hablé por primera vez con ella. A través de los meses se convirtió en mi oído preferido, su risilla coqueta ahuyentaba los espasmos del amanecer, como esos mareos provocados por la cafeína. Sí, los espasmos me obligaron a irme, además de que la hora del cierre ya había quedado atrás. Pagué la cuenta y me fui caminando. El café Suspiro queda cerca de mi casa, y los dueños y empleados ya me conocen. Con la cercanía de mi hogar, quise alejarme tanto como la distancia a mi verdadero aposento. Ese lugar estaba apartado, y toda persona sabe que donde se come y duerme, no siempre es donde se está conforme, cómodo. En casa. Comencé a temblar, como para ese punto de mi vida no había sentido jamás. ¿Miedo? No lo sé, pero era inevitable que me apresurara. Pude ver que las calles se iban haciendo más solitarias, y pensé que nadie había podido ver, como yo, las sombras ámbar en las torres de la catedral, ni a las pequeñas neblinas que salían de las alcantarillas, así como tampoco hubieron ojos que captaran las pequeñas gotas de las fuentes, siseantes, blancas, que caían infinitas en la plaza. Sólo algunos querubines fosilizados pudieron sonreírme cuando les extendí un saludo: Buenas gentes inexistentes, sigan mudas. Levantaba la mirada en busca de una señal. Orión, Luna, Celeste y Cisne, aglomerados como esos amigos que dejé en la universidad. Sentado en la banqueta, quise recordar animadamente cada instante y té que le vi beber. Un día leía revistas, otro sólo cruzaba la pierna y reía de lo que le contaba. En una ocasión, en una tarde de verano, ella sonreía a su maestra de inglés, y estaba tan amable, que cero que hubiera accedido a viajar conmigo a Italia. No la invité, pero sin palabras le dije que la amaba. Recordé ese día, y también cuánto la extrañe desde que la vi por la espalda, yéndose, alejando esa pequeña silueta que iluminaba cada rincón de mi oscuridad interna. Después me levanté, dejando en el suelo aquella tarde de verano. Pasé frente a un bar, y la música me invitaba a ingresar. “Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana. Y no hay fuerza sobrehumana, que detenga mí querer”, decía el hombre en la rocola. No había duda, para ese entonces ya estaba decidido, y mis pasos dirigían el rumbo. Eran largas columnas de cantera y puertas enormes, también las ventanas eran alargadas y con barrotes. Por el frente del edificio había una hilera de protecciones metálicas, las cuales no me detuvieron para ingresar. Era su casa, y sabía que ahí la encontraría. Después de todo, ahí la conocí, ahí la veía cuando quería. Era nuestro punto de reunión. Desconozco cómo fue que los temblores continuaron recorriendo mi cuerpo, pero no vacilé a la hora de violar el cerrojo de la entrada. El interior era más oscuro y silencioso, y su frialdad no se comparó a la de las calles. Quería que las nubes cubrieran el cielo, que después lloviera y que ningún sonido mío avisara de mi llegada. Lo cual, no sucedió. Por alargados pasillos encontré varias mujeres sonriéndome, algunas con vestidos de siglos anteriores, otras con niños en brazos. También había puntas de flecha y un cuerno de mamut. Creí que su padre era un excéntrico de primera categoría, después de todo le había dado vida. Siempre pensé que un excéntrico podría crear algo sublime, así como ella. Revisé por una ventana para ver si el jardín de afuera estaba intacto. Lo estaba. Continué caminado hasta su alcoba. Ahí estaba, tan tranquila como cada noche seguramente lo estaría. Me acerqué junto a ella, y pude percibir su leve respirar, pausado y quieto. Nada turbaba su descanso. Las sombras en las calles me vieron partir. Quise sortear lejos del bar y de la catedral, nadie debía verme. Alcancé a escuchar el mismo tango, la misma frase del hombre de la rocola, pero eran varias cuadras después del bar. Ahora creo que esa melodía se acurrucó en mi mente. Sin duda los temblores no cesaban, culpé al frío y a la noche. Mi casa no era el primer lugar al que iría, así que resolví encerrarme dentro de algún hotel. ¿Me preguntarán por qué la llevo dormida?, me dije. Mejor opté por meterme en el parque de la ciudad, cargándola entre mis brazos como desde el instante que salí de su casa. Los árboles vibraban con el viento sobre sus copas, y me decían que estaba profanando algo sagrado. Creo que se referían a su sueño sempiterno. Colocándola frente a mí, recostada en el pasto, calentaba mis brazos con las palmas de las manos. Ella seguía callada y quieta, y creí que no me reconocería en la noche. Decidiendo encender mi pequeña fogata, la idea de que nos encontrarían me aventajó para detenerme. ¿Y si despertaba? Genialidad de fumadores, mi encendedor resolvería sus dudas al despertar. Recordé lo que un amigo me dijo mientras estuve en el café: “La luz refleja las superficies, y estas entran por las pupilas, depende del humor en que te encuentres, para saber lo que enfocas”. Tenía razón, cuando ella abriera los ojos, y estuviera encendida la flama, colocaría una sonrisa en su rostro y no temería de mí. Aventajando el tiempo, el susurro de los tonos en su voz me despertaban de la caída en la luz. Sopesaba si debía encontrarme bajo los influjos de la cafeína, pero para ese entonces sólo pensaba en permanecer inmóvil. Hecho que no logré concebir. Me había dormido sin darme cuenta, y alcancé a ver los primeros rayos del sol en el horizonte. Decidí llevármela a mi casa, ahí estaríamos a salvo. Desde entonces vive conmigo. Es un poco más grande que yo, pero: ¿Quién se fija en la edad? Ni ella ni yo. Al día siguiente conversamos, y hasta le preparé del mismo té que siempre bebía conmigo en los cafés. Sí, esa mañana hasta leímos el periódico, ¿Cómo olvidar esa nota tan graciosa que nos hizo reír sin parar? Decía: El museo despierta sin su más preciada joya. El cuadro de Rosalinda fue robado… Reímos y reímos, y su risa era callada como dulce su mirada. Su cuerpo era brillante como la mañana por la ventana. Sus cabellos oscilaban cual ramas de castaños en el jardín de mi casa. Sí, desde entonces recordamos aquella noche, y después de repetir su nombre, no quise aprender palabra alguna.