jueves, 23 de febrero de 2017

Retrato (fragmento de poemario exclusivo)



No hay mejor retrato que un pensamiento,
o que una canción para recordar.
Tarareo la melodía de un sentimiento

hacia ti, mujer, difícil de olvidar.

jueves, 9 de febrero de 2017

La paz nunca fue juego de niños
camarada;
en suspenso tendemos la defensa
y con precisión
            decisiones preceden
nuestras acciones.
Será nuestro el prestigio
la gloria
si revelamos nuestro valor:
Hombro a hombro avancemos
sin pasión pero dedicados.



miércoles, 8 de febrero de 2017

Llanto de El terror de Occidente






































LA INVASIÓN de GIBRÁN

A veces cuando te veo
recupero la nostalgia de saberme equivocado, infinito
andar encima de autobuses rumbo al trabajo
sin saber de dónde provino tu sueño.
Otras veces, al mirarte
sé que he olvidado las preocupaciones en casa,
aderezar las paredes y regar el naranjo:
Llorabas y no sabíamos llorar contigo.

A veces fui de noche
te imaginaba entrevistándome respecto a mis heridas,
prolongar el tiempo en la granja de hormigas.

Éramos cristales de agua aquel invierno,
vendedores a tiempo completo del silencio
aliento perdido de nuestros ancestros.

Detuve mis pasos temprano
te escuchaba y mi alma se agrietaba de pronto:
Hace un lustro aprendí a omitir lágrimas;
así de simple;
y sólo quería tu llegada para mostrarte
que es mejor hacer inventario
valoración de daños
en busca de la pieza faltante,
hasta reemplazarla,
mas tu nombre impronunciable aún no caminaba,
las maestras aguardaban los elogios
sin que pudiéramos preguntarte sobre lo que deseabas:
Alimento no era
             dormir tampoco:
Seguías a espera de Tchaikovsky
                      su manto etéreo de luces y sombras,
valles que tu aeroplano vigilara
                     el zoológico de peluches:
Vamos a pasear despreocupados,

                      enterré mi llanto para que me invadiera el tuyo.

Gibrán, El terror de Occidente



Navegando de vuelta al hábito desde la incertidumbre
cuarenta gramos y ocho centímetros nos reúnen,
salto de agua y espalda de cobre
hierro fronterizo en almíbar
aún con licencia y cartuchos en la insignia
la cartografía de la memoria os resguarda:
Mecanizado y oblicuo nos invades
como has de conquistar territorio desconocido
 todo flanco, refuerzo e infantería
acompañará la inteligencia, técnica y destreza
para mostrar que los augurios
esgrimes por delante de vuestro sino.
Os respaldo
               esfera incontenible,
mi siniestra cubre tu espalda y hambre
cuando en sombra transite vuestro designio:
Avanza, hecatombre
            recobra la temple del fuego.

jueves, 19 de enero de 2017

Mary cadena 2009



¿Acaso olvidaste cómo el cielo se puebla de estrellas y transitan silenciosas sobre augurios y coincidencias? aves blancas cazan de noche y buscan el rastro que tu sombra resguarda en un monte, paciente, milenario, testigo de guerras e infortunios. ¿Acaso el ánfora del tiempo ha hecho olvidar las esquinas que te rememoran aún cuando las hayas olvidado? Aquel año en que partiste se prolongó una estancia en la memoria de le parole bajo la gracia del compañerismo. El regreso de tus pasos añadió un motivo para volver, al hogar, al sitio en que podrías sembrar lo aprendido en lejanas tierras, mas ahora duermes tranquila, o quizá estés contenta sin descanso, lo desconozco: El Calvario continúa en penumbra y sosiego mientras caminas hacia el día que nace alejado de las palabras.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

La década perdida (cuento de Scott Fitzgerald; 1939)


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Personas de todo tipo entraban en la redacción del semanario y Orrison Brown mantenía toda clase de relaciones con ellas. Cuando acababa el horario de oficina era «uno de los redactores-jefe», pero durante el trabajo sólo era un hombre de pelo rizado que hacía un año había sido director del Jack-O-Lantern de Dartmouth y ahora se contentaba con asumir las tareas menos deseables de la redacción: desde corregir originales ilegibles a desempeñar las funciones de un botones sin serlo.
Había visto a aquel individuo entrar en el despacho del director: un individuo pálido y alto, de unos cuarenta años, con el pelo rubio impecablemente peinado, y ademanes que no eran ni huraños ni tímidos, ni sobrenaturales como los de un monje, pero que tenían algo de las tres cosas. El nombre que aparecía en su tarjeta, Louis Trimble, le traía vagos recuerdos, pero, al no encontrar un punto de referencia, Orrison se despreocupó, hasta que un timbre sonó en su escritorio y, por experiencias anteriores, adivinó que el señor Trimble iba a ser el primer plato del almuerzo del día.
—El señor Trimble… El señor Brown —dijo la fuente del dinero de todos los almuerzos—. Orrison, el señor Trimble ha estado ausente mucho tiempo. O por lo menos a él le parece que ha sido mucho tiempo: casi doce años. Mucha gente se consideraría afortunada si hubiera perdido la última década.
—Así es —dijo Orrison.
—Hoy no tengo tiempo ni para comer —continuó el jefe—. Llévalo a Voisin, o al Veintiuno o a donde quiera. El señor Trimble cree que se ha perdido muchas cosas.
Trimble objetó educadamente:
—Bueno, me las puedo arreglar.
—Lo sé, camarada. Nadie conocía esta ciudad como tú. Y si Brown se empeña en explicarte los carros sin caballo, me lo mandas inmediatamente. Y a las cuatro te vienes para acá, ¿de acuerdo?
Orrison cogió el sombrero.
—¿Ha estado fuera diez años? —preguntó mientras bajaban en el ascensor.
—Estaban empezando a construir el Empire State Building —dijo Trimble—. ¿En qué año fue?
—En 1928, poco más o menos. Pero, como ha dicho el jefe, ha tenido la suerte inmensa de perderse muchas cosas —y, como sondeándolo, añadió—: Seguramente usted tenía cosas más interesantes que ver.
—Creo que no.
Llegaron a la calle y, por la manera en que Trimble contrajo la cara ante el fragor del tráfico, Orrison hizo otra conjetura.
—¿Ha vivido lejos de la civilización?
—En cierto sentido —las palabras fueron pronunciadas de una manera tan comedida, que Orrison llegó a la conclusión de que aquel hombre sólo hablaría si se lo pedían, y al mismo tiempo se preguntó si habría pasado los años treinta en la cárcel o el manicomio.
—Éste es el célebre Veintiuno —dijo—. ¿Prefiere comer en otro sitio?
Trimble guardó silencio unos segundos, mientras miraba con atención el edificio de piedra caliza roja.
—Recuerdo cuando el nombre del Veintiuno empezó a hacerse famoso —dijo—, más o menos el mismo año que el Moriarity —inmediatamente continuó casi en tono de excusa—: Pensaba que pasearíamos un rato por la Quinta Avenida y comeríamos donde nos apeteciera: en algún sitio donde pudiéramos ver gente joven.
Orrison le echó una mirada rápida y volvió a pensar en rejas y muros grises y más rejas; se preguntaba si entre sus deberes se incluiría presentarle al señor Trimble chicas complacientes. Pero al señor Trimble no parecía habérsele ocurrido semejante posibilidad: tenía una expresión de absoluta y profunda curiosidad, y Orrison trató de relacionar su nombre con la expedición perdida en el Polo Sur del almirante Byrd o con los aviadores desaparecidos en la jungla brasileña. Era, o había sido, todo un personaje: era evidente. Pero la única pista definitiva para averiguar su procedencia —y a Orrison aquella pista poco le decía— era que, como hombre de ciudad, respetaba los semáforos y prefería ir por la acera y no por mitad de la calle. De pronto se paró a mirar el escaparate de una camisería.
—Corbatas de crespón —dijo—. No veía corbatas así desde que dejé la universidad.
—¿Dónde estudió?
—En el Instituto Tecnológico de Massachusetts.
—Magnífico sitio.
—La semana que viene iré a hacerle una visita. Podemos comer algo en algún sitio de por aquí… —habían pasado la calle 50—. Elija usted.
Había un buen restaurante con una pequeña marquesina a la vuelta de la esquina.
—¿Qué prefiere ver? —preguntó Orrison cuando se sentaron.
Trimble se quedo pensativo un instante.
—Bueno… La nuca de la gente —sugirió—. El cuello… Cómo la cabeza se une al cuerpo. Me gustaría oír qué le están diciendo a su padre aquellas dos chicas. No exactamente lo que están diciendo, sino sólo si las palabras flotan o se hunden, y cómo se cierran sus labios cuando acaban de hablar. Sólo es una cuestión de ritmo: Colé Porter volvió a Estados Unidos en 1928 porque intuyó que había nuevos ritmos en el ambiente.
Orrison creyó haber encontrado por fin una pista segura, y, con amable delicadeza, no siguió por aquel camino ni un milímetro, incluso reprimió un repentino deseo de decirle que había un buen concierto en el Carnegie Hall aquella noche.
—El peso de las cucharas —dijo Trimble—, tan liviano. Un cuenco pequeño pegado a un mango. El ligero estrabismo de ese camarero. Lo conozco desde hace mucho tiempo, pero seguro que no se acuerda de mí.
Pero, al irse del restaurante, el camarero miró a Trimble como si dudara, como si estuviera a punto de reconocerlo. Cuando salieron a la calle, Orrison se echó a reír:
—Diez años bastan para olvidar.
—Estuve aquí en mayo —Trimble se interrumpió bruscamente.
Orrison llegó a la conclusión de que todo aquello era un poco descabellado, y de repente decidió convertirse en una especie de guía.
—Desde aquí puede ver el Rockefeller Center —señaló animosamente— y el edificio Chrysler y el Armistead, el padre de todos los nuevos edificios.
—El edificio Armistead —Trimble miró hacia aquella zona, obediente—. Sí, lo proyecté yo.
Orrison negó con la cabeza y sonrió. Estaba acostumbrado a tratar con toda clase de gente. Pero la broma de que había comido en el restaurante en mayo…
Se detuvo ante la placa de bronce que había en la piedra angular del edificio: «Construido en 1928».
Trimble hizo un gesto de asentimiento.
—Empecé a emborracharme aquel año, a emborracharme de verdad. Así que es la primera vez que lo veo.
—Ah —Orrison titubeó—. ¿Quiere entrar?
—He entrado muchas veces, muchas. Pero no lo he visto. Y ahora no es lo que me gustaría ver. Ahora mismo sería incapaz. Sólo quiero ver cómo camina la gente y cómo son los vestidos, los sombreros, los zapatos. Y los ojos y las manos. ¿Le importaría estrecharme la mano?
—En absoluto, señor.
—Gracias, gracias. Es muy amable. Me figuro que parecerá extraño, pero la gente creerá que nos estamos despidiendo. Voy a pasear un rato por la avenida, así que es verdad que nos tenemos que despedir. Diga en el semanario que volveré a las cuatro.
Orrison lo siguió con la mirada cuando empezó a alejarse, casi esperando ver cómo se metía en un bar. Pero no había nada en Trimble que sugiriera o hubiera sugerido alguna vez que bebiera.
«Jesús», dijo para sí, «diez años borracho.»
Súbitamente palpó el tejido de su abrigo y luego alargó la mano y apretó el pulgar contra el granito del edificio.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Régimen durante energía baja




Cuando el cuerpo sea invadido de fatiga, detente sin importar dónde estés; aclarando que ya debes haber tomado las medidas necesarias de carecer de tarea de importancia vital, sea propia o de allegados. ve al hogar, el sitio en que te refugias para levantar la moral, aniquilar presagios y descansar. Ahí, espera la noche. Toda herida sana en mitad de la noche. Espera. Recuéstate. Si los medios son posibles, ten las siguientes provisiones: Vino, Sinatra, whisky y cigarros, además de agua y chocolate. En ese orden. El aislamiento ha sido el compañero indiscutible de todo maestro. Llámalo. Reúnete con él y empieza. Para alcanzar este punto es indispensable que hayas reunido en los días de gloria los elementos necesarios para llegar a este punto. Nombraré algunos: Un sitio seguro y a resguardo de elementos e interrupciones, dónde almacenar agua y alimento para dos noches, salsa, sal, menta, posibilidad de calentar agua y recipiente apropiado, medicinas para los síntomas más recurrentes, fuego; cerillos; dónde poner música y la música apropiada, un aliado de confianza a prueba de fuego y templado con historia, cigarros y alcohol, langidez económica o la posibilidad de acceder a ello gracias al honor alcanzado, lo cual es un temá más extenso que Shopenhauer ya ha tratado. 
La fuerza se alcanza al rebasar los límites de lo que se ha creído es la debilidad. Ten esto en mente ante cualquier obstáculo. De lágrimas no se construyen puentes, con oraciones no se limpia el piso, pero al imaginar el escenario a llegar y sintiendo ya la estancia del ser en el sitio, ayudado de "lo que haya por hacer sin importar cómo" se vuelve cotidiano lo imposible.

“La invasión de Gibrán a occidente”



Rodeado de gente recostada en el suelo, cielo nublado y temperatura baja, pregunté por ambos y estaban bien. Los vería dentro de poco. Miré hacia la curva sideral para estirar los músculos del cuello y creí reconocer un par de compañeras, así que sostuve la atención en ese punto en constante vigilancia junto a la cumbre del edificio. Un instante después apareció una abertura suficiente para que dos se convirtieran en tres, entonces tuve certeza inexorable: Eran ellas, mis compañeras informando su presencia, aprobación y bienvenida. Me alegré. Todo iría bien. Era el cinturón de Orión en mi regazo. 
.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Math



Mi infancia estuvo plagada de números, estar con personas mayores y soledad. Recuerdo que mi entretenimiento se compuso de dos cosas fundamentales: Leer cualquier párrafo que la vista atrapara e inventar sumas o restas o multiplicaciones o divisiones en los números de las casas y placas de autos. Posteriormente, ya que los recursos hacían imposible llevar calculadora a la mano y ya que siempre he creído que las mejores herramientas son las que cada quien lleva dentro de sí, hacía los cálculos mentalmente o a lápiz, hecho que, en la Universidad, me llevó a ser reprendido por la maestra por no llevarla. Me tardaba un poco, pero siempre era preciso. Incluso me prestó la suya entre enojos, pero sé que mis compañeros fueron testigos de los hechos a mi favor.
ahora, a décadas de distancia, siguen fascinándome las cadenas y resultados que se alcanzan con los números, lo cual aplico a las palabras. 
Larga vida a la matemática, el ingenio, y los fundamentos de la civilización. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

Antes del viaje



Hubo un tiempo cargado de zozobra, ansias, soledades, lleno de disciplina enfocada al objetivo. Había aliados, sombras y tabaco, falta de dinero, techo y cobijo. Hubo hambre; de las siete tipos en distintas modalidades. Me acompañaba la agonía placentera, pues cualquier circunstancia puede ser percibida como binomio si se tiene la disposición de indagar. Hubo viajes, desvelos y resentimientos. Luego aparecía algún destello. Siempre bienvenido.Y cuando llegó el momento de la salud, el mantenimiento del cuerpo, se empezó desde cero y tras pérdida, no tener las manos llenas. Incomodidad y dolor convivieron los tiempos libres. Ayudaba la música, el adoctrinamiento dirigido a un nuevo rumbo que siempre estuvo claro. Legión. Hubo un quiebre, nuevo vacío, llanto, cartas. ¡Oh!, sí, cartas... Cada momento ha iniciado, se nutre y parece terminar en cartas, fueran o no entregadas al destino. El objetivo seguía ubicado, parecía lejano como situar la distancia de la estrella a mi posición, y, aunque desconociera cómo, no podía apartar el camino a seguir.
Hablar de llanto suena a lágrimas, y no hubo sonidos ni agua salada más allá del sudor en cada paso. Pasar de no tener a tener y luego desbordar, sólo se alcanza mediante sacrificios que nunca terminan, porque al tener careces de algo, sea tiempo, espacio, sueño o amistades. Aprendí a comparar la vida con una sinfonía, comparando desniveles tonales a emociones y ánimos. La clave es convertirse en el director de la orquesta. 
Abner, terror de occidente, ha tocado tierra. 
La noche es la misma y yo parezco otro.
Sabrás reconocer en el lago de los cisnes el paso de la vida, la muerte junto al honor y el respeto si mantienes la mente despejada y los sentimientos a un lado.

Fuguemañ