lunes, 10 de agosto de 2015

Ernest Hemingway frases





"Cada día es un nuevo día. 
Es mejor tener suerte. 
Pero yo prefiero ser exacto. 
Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto"








Ernest Hemingway



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  • Nunca confundas movimiento con acción.
  • El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar.
  • La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre gente alegre.
  • La mejor forma de averiguar si puedes confiar en alguien es confiar en él.
  • ¿Por qué los viejos despertarán tan temprano? ¿Será para tener un día más largo?.
  • La forma de pensar de las noches, no sirve de nada en las mañanas.
  • El hombre que ha empezado a vivir más seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera.
  • Los ojos que han contemplado Auschwitz e Hiroshima nunca podrán contemplar a Dios.
  • Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto.
  • Un hombre de carácter podrá ser derrotado, pero jamás destruido.
  • Las personas más crueles son siempre las sentimentales.
  • Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él.
  • La soledad de muerte llega al cabo de cada día de la vida que uno ha desperdiciado.
  • La felicidad es la cosa más rara que conozco en la gente inteligente.
  • La moral es lo que hace a uno sentirse bien y lo inmoral es lo que hace a uno sentirse mal.
  • Conocer a un hombre y saber lo que tiene en la cabeza son asuntos distintos.
  • La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor.
  • El talento consiste en cómo vive uno la vida.
  • Me quieres, pero aún no lo sabes.
  • Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.
  • Ahora no es el momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay.
  • Jamás pienses que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen.
  • Intenta comprender, no eres un personaje de tragedia.
  • Al oír un eco muchos creen que el sonido proviene de ellos.
  • El hombre tiene corazón, aunque no siga sus dictados..
  • El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad..
  • En la guerra moderna mueres como un perro y sin motivo alguno.
  • Nadie debiera estar sólo en su vejez. Pero es inevitable.
  • Los peces no son tan inteligentes como los que los matamos. Pero son más nobles y más hábiles.


  • La revolución no es un opio, es una purga, un éxtasis que sólo prolonga la tiranía. Los opios son para antes o después.
  • jueves, 9 de julio de 2015

    ROSETTA:




    "Piensa ahora en cuando acabe la guerra y puedas volver a pintar. ¡Hay tanta cosa hermosa que pintar! Y si pintas todo lo bien que puedes y te dejas de todas las demás cosas, estarás en lo cierto. Puedes pintar el mar como nadie es capaz actualmente si quieres pintarlo y olvidas otras cosas. Piensa ahora en lo mucho que te gustaría hacerlo. Agárrate a la vida para poder hacerlo. Aunque la vida es algo muy barato comparada con la obra de un hombre. Sólo que la precisas. Agárrate fuerte a ella. Ahora es el momento. Hazlo sin esperar nada. Siempre ha coagulado bien tu sangre y esta vez también puedes triunfar. No somos la chusma. Somos lo mejor y lo hacemos gratis".

    Ernest Hemingway


    sábado, 4 de julio de 2015

    Colibrí




    Amanecías con el café y las campanas de la iglesia, la ensalada de pepino y atún y huevo y tocino, jugo de naranja mas una sonrisa. El D11 nunca tuvo esa mezcla de aceite y fuego combinándose a los lirios ni a los peces del estanque. La quietud de mis décadas se interrumpía con la corteza suave de tu femineidad, el alcanfor reconfortante de la tolerancia y paciencia, la sombra tibia de encontrarte en otras personas al caminar por la calle. 
    Ir a la luna el proverbio del día. Asolearse, pecado. De todas las flores regaladas sólo una queda perenne al lado del incensario. 
    Todo vuelo inició en tierra y queda intacto en el aire. Ni luz ni sombra tormenta semanas palabras o actos han de prevalecer por sobre el amanecer que la playa perpetúa en los remansos de las olas en el Pacífico.
    Brasas y brazos temperatura templó, templo milenario midió el momento de alba a crepúsculo, y toda llama te clama, toda penumbra te invoca, sal y pimienta no conjuran el binomio que disuelta en alcohol y olvido pronunció el 612, dividido en fruta y cuartos, arena ciega, familiares desconcertados. 
    Las edades que me han presenciado en cada resurrección transmiten el domicilio de tus comisuras, los pliegues en tu armario, El día que las naves fueron quemadas no fue dicho que una balsa quedaba intacta, renovada, inmóvil en su estructura de caleidoscopio. ¿Recuerdas el lavabo de cobre donde se enjuagaron las dudas, los insomnios, las placas de la abuela? Cada carta que sin verano anidaba en invierno logró llegar al hogar, y, por ahora, diría:

    Tranquila, cuidado, estoy a la vuelta de la tarde.





    viernes, 12 de junio de 2015

    MOVER UNA ESTRELLA




    -Descansa.
    Hizo un movimiento reflejo que más tarde pausó.
    -Mejor mañana. Es que…
    -No te preocupes.
    -¿No tienes sueño?- él negó-. ¿Seguro?
    -Te dejaré dormir. Voy afuera a terminarme el vino.
    Mediante un sonido gutural la mujer, recostada y semidesnuda, accedía sin recelo. Tomando la copa y rellenándola hasta el borde al interior de la habitación, apagó el televisor para silenciar a Miles Davies, llevó sus determinaciones hacia la corriente lenta de viento del exterior, caminando lo menos ruidoso que pudiera lograr con las plantas desnudas a través de un corredor con piso de madera. Atrás, sólo la pequeña lámpara verde de lava permanecía como vestigio de la velada; media botella de malbec, un tazón de avena, dos cucharadas de gelatina blanca y roja mas tres bocados de ensalada de pollo para ella. Él prefería evadir cualquier alimento al beber. Pero, la verdad es que permitió que ella colocara una galleta salada en su boca; ese gesto siempre lo había hecho perder los estribos, caer en la red: era la mejor carnada para lograr atraparlo, y ella debía saberlo.
    Copa en mano, ya afuera; en la terraza de la segunda planta donde podía ver las siete iglesias iluminadas, los cañones urbanos, y vigilar los movimientos de las nueve calles aledañas; cubierto su torso desnudo con la polifonía de la noche, estrellas y murmullos de ramas y hojas, puso a Chet Baker en el celular. Bebía a lentos sorbos, mirando al horizonte. Hubo algo de familiar en ese momento, había algo desconocido en los actos y hubo un sentir ancestral que parecía repetirse. Miró la hora. Faltaban segundos para dejar de celebrar su cumpleaños. Tres mil setecientas horas antes y en el transcurso, pensaba en lo que sucedería con ella, por ella, a su lado, sin su presencia y en su presencia. Cualquier augurio se confirmó y cada uno se negó con la solidez con que se plasman recuerdos y remordimientos.
    Bebía lento; Chet fue el compañero indicado ante la continuidad de respiros. La ciudad lucía igual al año anterior, el bisiesto, donde ella no era ella y tenía otro nombre y más cabello, donde él durmió primero y pretendió olvidar que había otra, de la cual meses atrás recibió mensaje al celular y que respondió con una lista de mentiras. En verdad Chet hacía pasajera la daga en que se transformó existir en el mismo sitio.
    Pensó en la triada de elementos que lo invadieron minutos antes: lo familiar, lo desconocido, el sentir. Meditó. Sorbía. Fumó; hábito renovado como la triada conocida. Durante su juventud preparó la receta de su noche, cita, perfecta. Los ingredientes, las palabras, el tono en que serían dichas, la música, los cubiertos ropa y sonrisas se pensaron con años de antelación a concebir la unión de su nombre a otro femenino. Durante aquel tiempo lo primordial, creía, era la contraparte, la compañía, “ella”. Lo demás resultaba mero adorno. Meses, años, accidentes. Cambios de residencia, trabajos, besos y tardes. Ríos y tormentas, así como amistades y pliegues en la piel se sumaron y restaron para cuando su receta perfecta logró cuajar. Eso, eso era lo que pensaba, lo que inundaba los intersticios de la mente que naufragaba en tratar de memorizar nombres y apellidos.
    -De nuevo…
    La escena cuajaba y olvidó la cantidad, los sobrenombres, domicilios, fechas, sitios, frases encriptadas: “ellas”. Existió el: está es la buena, con ella sí, ya qué…
    Miró la hora, el cielo, las líneas difusas de los demás edificios alrededor y My funny valentine terminaba. Con precisión cronológica el año anterior lo hizo; quizás seis meses antes también, y conforme hurgaba en los recovecos de olvido anexaba nuevas fechas y nombres. Fechas. Nombres. Olvido. Sentir.
    Ahora lo reconocía, en un punto de la cocción había perdido la sutileza, la fórmula, la novedad, lo irrepetible, ese instante único hasta lograr copiarlo mecánicamente. Gestos ensayados, palabras, silencios.

    Miró la hora, el movimiento de manecillas a través de la ventana cancel del interior de la terraza, el campanario más próximo: ahora se hallaba encima del coche con rumbo a otra ciudad.

    domingo, 8 de marzo de 2015

    Mon Ali




    Añoro aquel inicio que será conocernos/
    hoy buscas que tu domicilio
                                     no te aparte del deber/
    hoy es un día de aliento largo:
    nunca desesperes al tiempo fatigándote
    siéntate, descansa
    escucha la lluvia nombrándote
    Mon Ali, Mon Ali

    La belleza en ti
    como el cielo
    se prolonga al infinito:
    Haz que esta tormenta despliegue tus alas
    sobrevuela la eternidad en mis labios.

    Lleno la siguiente copa
              para pronunciarte: Mon Ali.


    martes, 24 de febrero de 2015

    Lonsdaleite (cap II)





    Se destrozaba el mundo y el inconcluso seguía en su estado habitual. Abriste el gabinete sólo para hallar el encendedor y la cajetilla cerrada. La noche no deparaba mas que silencio y hambre, somnolencia y la sensación de ser un día feriado en que no sueles salir, pues bien, si no fuera por la conexión intermitente del wifi no hubieras encontrado el Frogstomp de Silverchair, con su Tomorrow que afianzó la determinación perdida veinte meses atrás, donde tantos kilómetros, cervezas, ovnis, sudores y polvo se desperdigaron en el camino. Luego vino Shade y el escenario cambiaba de emoción en todas tus latitudes. “Don’t feel bad, you are not the only one”. ¿Y qué? sumaste otro paso al medio maratón sin que la velocidad te importara, otro sonido en el oído, otra sonrisa en un buenos días, mas un pequeño temor a renovar el pozo que continua vacío. El 2eme REP te espera con el paracaídas y el lodo pegado a tu rostro, todo para lograr volver con sueño tras una jornada en el trabajo y poder colocar ese objeto tan inusual en estos tiempos llamado CD original, y no sabrás si será Tool, Audioslave, Silverchair, Nirvana, Smashing Pumpkins u optarás por algo de la vieja escuela como Black Sabbath, Soundgarden o AC/DC, lo que sabes es que no será ni Agustín Lara o Alejandro Fernández porque de tu boca los gritos estorbarán a las estrofas. Mejor entraste en las memorias para ahogar los fantasmas.

    -Otro whisky, por favor... Sí, igual, con tres hielos.
    -¿Y cómo dices que te llamas? No escuché con esta puta al lado.
    -Lovedy, André Lovedy.
    Recordabas lo que mencionó Adriana diez años atrás.
    -No vuelva hablar así de una mujer en mi presencia- dijiste después que tu puño se alejaba de su mentón. La mujer que por monedas bamboleaba el cuerpo al ritmo de Los Cadetes de Linares con cualquier invitado del bar, te habló: “Gracias, señor Lovedy”.
    -Love, dime Andy- girando tu torso sobre el asiento.
    Tomando el vaso en la mano derecha con la siniestra depositaste dos billetes verdes en la barra y salías por las puertas reversibles para volver a montar la bestia sin el 666, sólo la estampa de cobra pegada al guardafangos. Ya en el Barracuda setenta y dos; tercera generación, color Chartreuse; la memoria USB colocó a Moenia sobre el parabrisas con la Avenida Alcalde enfrente. La suela de tu bota hizo que el platino de las bujías recién anexadas esa semana por César encendieran tu adrenalina, la emoción de novedad, el brillo emanado de tus ojos cuando saben lo que hacen y a dónde van desde aquella vez, en que siendo adolescente, estabas en medio de la tormenta camino a casa. Atravesaste el cuerpo sólido del agua sin poder ver, pero con la determinación de avanzar pisaras donde pisaras, sucediera lo que sucediera.
    ¿Qué era el fresco en tu 501? Olvidaste beber del vaso. No importaba, renovar el contenido era cuestión de doblar en la esquina, poniendo freno de mano, y detener el coche en el espacio del Seven Eleven, y mientras lo hiciste pensaste... No, en ella no, en Jesús de Suburbia del que habla Green Day, el mismo grupo que bautizó el boulevard donde vives, tu madriguera, viejo lobo, tu Neverland sin ruedas de la fortuna; tu suerte no había sido echada ni lo sería, pues sabes bien que en tus manos yace el destino que te depara.
    Dos botellas de Jack, litro y medio de Marqués de Cáceres, mas cinco de William, te acompañaron luego de la parada en donde supo Green Day que el hogar no siempre es donde está el corazón. No estaban contigo Los Cobra ni Alonso, pero con ese pelotón te sentías casi igual de protegido por ambos flancos como si en verdad estuvieran reunidos contigo en el coche; de niños nada tuvo tu infantería.
    Ahora, con Pearl Jam y el ámbar de tu cosmogonía en los labios y en el hígado, Jeremy estaría a salvo y de sus muertes se hablaría por futuros cantantes en bares de mala muerte, aun con la jeringa en su brazo pero sin soltar el pie del pedal de distorsión. Eso te reconfortó al pensarlo porque sería una alusión a tu Barracuda y las curvas de carretera donde invadías el carril contrario sin hallar el tráiler. Sólo en una carretera, la 40, durante ochenta kilómetros solía invadirte el miedo, pero no era de morir, sino que la persona que visitabas estaría siempre pendiente de que estuvieras bien y quería que en el trayecto no te ocurriera nada parecido ni a un raspón. “Me mandas un mensaje cuando llegues”. Te pertenecía el temor por que hubiera una persona preocupada por ti; el eslabón, el punto débil en la estructura de seguridad. Y sabías de su sinceridad, por ello relegaste la natural omisión de anunciar tu llegada al apartamento luego de comer carne asada en su patio trasero. Deseaste ser el detective que hallara la cura para su mal, pero para entonces habías cometido un error: No estudiaste medicina más allá del aciclovir y la penicilina.
    -Eso rimó- me dijiste, y te avergonzaste de que sólo yo fuera el dueño de tus pensamientos.
    Diste gracias al Canaca por haberte hecho reír igual a como lo hiciste cuando en ese momento se cruzó en el estéreo Gloria Trevi; cortesía de Tresviñedos, alias Treviño. Mas ése no era narco ni poli, sino un vato loco de la esquina más seca en Puerto Vallarta que te pasa música bajada de no sabes dónde. Todo en él era puntos suspensivos.
    ¿Porqué estabas en esa ciudad? No importa lo que me contestes. Lo sé. Lo sabes. Pero no queremos anunciarlo. Tienes trabajo pendiente.
    -Vergas, se me olvidaron los hielos.
    Horas más tarde te dieron ganas de hablar con Pernille; la única amiga en la ciudad; preguntar si ya estaba casada y con ganas de abrir otra tienda de ropa o había vuelto a Dinamarca, pero una llamada a las tres de la madrugada, santuario protegido por tu insomnio, no era prudente. Ni la más profunda borrachera haría que hablaras con amigas, mujeres o enemigos, eso lo relegabas para el oído del amigo que te manda a la chingada y luego dice que mañana ahora sí van a Don Gibarone.
    Luego recordabas algo. Tu mente se detuvo en eso. La brecha generacional que te separa de hallar sentido en un like de facebook, la normalidad de recibir llamadas donde te encuentres, y el hecho que ya no se oiga el tono con que solías conectarte a internet por medio de una llamada.
    -Ya nada es como antes.
    Lo sé, lo sé... Tampoco eres como antes.
    -No soy lo que estoy haciendo, ni soy lo que voy a hacer, pero gracias, Dios, por no ser lo que antes era.
    La oración de fuerzas especiales que recitaban los ex militares a tus neuronas reunió, pero tú, hijo de Lovedy, no eres religioso, así que cambiaste a Dios por Whisky, y la sentencia quedaba así: “No soy lo que estoy haciendo, ni soy lo que voy a hacer, pero gracias, whisky, por no ser lo que antes era". Luego intercambiaste esa palabra con cualquier tipo de alcohol, y la mejor sonaba con CHEVE.
    -Cheve-chevy-, pensando que así le dirías al relevo del Barracuda. O a junior. No, él no figuraba entre las balas ni en las resacas.
    Había remanentes en la memoria de cuando transitaste el Infierno junto a ex militares, de quien aprendiste técnica, fuerza y destreza; pero ese Infierno no se comparaba al que te mostró, alguna vez en la Universidad, Rubí. Bebimos medio cuerpo inerte de Jack por ese recuerdo, esperando que la amargura del alma fuera diluida con la que sentimos recorrer nuestras gargantas, las del Barracuda, y las de incontables mujeres que nos recibían.
    La noche era oscura, no como todas las noches, sino más densa su tiniebla porque en los Arcos del Milenio ocurrió frente a ti un percance automovilístico, y supusiste que la rubia del coche azul recostada sobre el cofre fue la silueta sentada a tu lado que subió el volumen, diciendo: “Esa, esa...”, y la canción escogida era No me arrepiento de este amor, con Ataque 77.
    -¡Vergas! ¿A qué hora te subiste?
    -Estaba dormida, tío ANDE.
    ¿Era normal?
    Paranormal.
    -No hay nada normal…
    Y la silueta que subió el volumen desapareció; entonces diste gracias al alcohol de que la rubia te acompañara invisiblemente…

    De ahí en adelante sólo recordamos que, con The Doors de fondo, te dolió una parte que cuidas tanto como las provisiones durante una campaña en terreno hostil- la noche ya había destruido el día- y retiraste tu cuerpo.
    -¿Qué pasa?
    -¿Tienes un piercing en la lengua?
    Asintió y no lograbas saber si ya te había dicho su nombre, o si preguntaste, y he ahí sus ojos grises, casi blancos, la piel nívea, cabello rubio plata y la sonrisa coqueta de una mujer que anhelaba estar con el detective privado en lo privado de su soledad. ¿Hotel? Quizá. Al menos las sábanas estaban limpias y no había paredes pintarrajeadas con aerosol. La decoración era llana, sin artículos que resaltaran, hasta los muebles parecieron estar atornillados a la alfombra que cubría el suelo. En sus manos tenía guantes sin la punta de los dedos. Eso sí lo recordabas de cuando fuiste por hielos y la viste afuera de la tienda. “Alterna”, pensaste, y la chica Alterna siguió su tarea. “¡¿Dónde vergas aprendió eso?!”. Te volvía loco ver cómo desaparecía tu cuerpo y volvía a surgir del abismo. Paraíso. Cinema Paradiso. Perdición. La caída. “All right”. Y la armónica encendía el fuego con the action lady. Otra vez eras el Rockstar en que te convertiste al bautizar tu apartamento en los días de Universidad.
    Minutos más tarde Los Fabulosos Cadillacs aparecieron en el televisor de plasma que colgaba de la pared a la vez que ella se fue al baño a contestar su celular. No queremos sufrír, Ay ay… Dejaste unos vales de despensa tomados de una escena de los hechos y, desnudo, tomaste tu ropa y saliste por la puerta. Aún no sabes si de eso vivía pero la costumbre hizo que dejaras dinero en la mesa de noche.
    Sí, era el Holiday Inn.
                                                             666.

    De vuelta en la habitación rentada en Hostelito Inn para las operaciones que desarrollarías, mientras esperabas el arribo de la información de inteligencia de campo tomada por Fercio, decidiste observar en la computadora portátil un programa de Eddie Murphy que tenías en la memoria USB, “Delirious”; mantener el temperamento templado sólo lo alcanzabas con risas que te adoloraran el abdomen como si estuvieras realizando tu rutina de ejercicio matutino, si es que la borrachera y la juerga te dejaba espacio. Claro que siempre lo deja. Deseaste the red leather jacket pero no los pantalones. Había mariachis desfilando por la calle de afuera, así que optaste por echar una mirada entreabriendo las cortinas. No, Eddie era mejor en ese instante.
    “Motherfucker”.
    Mister T.
    “Mother fucker”.
                                              The ice cream man is comin!, the ice cream man is comin!...
    Repasabas en la mente el informe del periódico El Universal del día anterior.
                                   Mas el sueño te envolvió.
    La luna creciente se encendía, su color naranja asomándose por debajo de las nubes era una cuchilla que estaba hiriéndonos.





    lunes, 16 de febrero de 2015

    Hemingway, raíces

    Pasó una semana y no te das cuenta- en verdad no te das cuenta- que los minutos fueron uniéndose. Hubo un paseo, del alma, noche del alma, lluvia (cómo olvidarlo), noche, algo de kwoon al final y un poco de mugre; los mejores instantes, como los peores, se acompañan de suciedad. Cierto, pero, ¿qué importaba? Sabemos que no acabamos de escribir aún. Lo sé. Pero la compilación no corre por nuestra cuenta, esa vendrá luego. Como las estaciones. Y por desconocidas causas. Fonemas, silencios, vocablos, espacios, ausencias.
    Después, al mirar al lado en la mañana (medio día o de tarde), como toda batalla hubo bajas. Encendiste incienso al buda, le pusiste lámparas de aceite y flores. Mas la culminación te la agregué sutilmente: el archivo con Hemingway a destajo- esta sobriedad ameritaba un recuerdo de las antiguas hazañas, el rumor védico de que en verdad existió un mítico guerrero.
    La verdad no te creí. Claro, lo sé. Pero... ¿y luego? 
    Fue reencontrare con un amigo. La dicha me invadió. 


    ¡Oh, Hemingway!


    Ahora, en Las islas en el Golfo, de nuevo oigo la precisión de la maquinaria bien aceitada:


    "Era una mujer encantadora y deliciosa que nunca en la vida alteraba un plan establecido. Hacía los planes siempre en secreto, como un buen general, y eran igual de fuertes, igual de rígidos que los de éste".


    "Un plan era un plan. Una decisión, verdaderamente una decisión".


    "Cinco semanas es bastante tiempo para estar junto a los seres que uno quiere y con los que le gustaría estar siempre cerca. Pero, para empezar, ¿por, qué se me ocurrió separarme de la madre de Tom? Mejor no pensar en eso, se dijo. Y los hijos que te dio la otra son dos muchachos estupendos. Muy extraños y muy complicados, y bien sabes cuántas de sus buenas cualidades las heredaron de la madre. Es una mujer excelente y tampoco debiste dejarla, pensó. Pero al instante añadió para sí: Tuve que hacerlo".


    "–Hay mucha gente que no te clasificaría entre los buenos –le dijo Thomas Hudson.
     –No lo soy. Ni lo pretendo. Ni bueno ni nada parecido. Pero quisiera serlo. Estar en contra del
    mal no indica que uno sea bueno. Esta noche estaba contra el mal y después el mal se apoderó de
    mí, yo mismo era un diablo. Lo sentía subir como una marea."

    "Cuando un hombre vive solo en una casa va adquiriendo costumbres muy definidas y llega a
    encontrar placer en seguirlas. Sin embargo es bueno romperlas de vez en cuando, y Thomas Hudson
    sabía que mucho después de marcharse sus hijos seguiría conservándolas".


    "Sabía casi todo lo que hay que saber sobre el vivir solo, y también había sabido lo que es vivir
    con alguien a quien se ama y que corresponde a ese amor."

    Lo que ocurre es que tienes un problema básico y otros intermedios. Es todo lo que tienes, de 
    manera que vale más que te acostumbres a la idea. Nunca más gozarás de hermosos sueños, de 
    modo que más vale que no duermas. Limítate a descansar y usa tu cabeza hasta que no puedas 
    más y cuando te duermas cuenta con las pesadillas. Eso has ganado enel juego de la vida. Fijas un 
    objetivo, echas la línea, te quedas vigilando y tu botín será sólo unos sueños intranquilos y 
    desagradables. Estás a punto de lograr no dormirnunca. Pero has cambiado eso por lo que tienes, 
    así que más vale que te guste. Ahora tienes sueño. Duerme, pues, pero cuenta con que te 
    despertarás sudando. Y bien, ¿qué importa? No importa nada. ¿Te acuerdas de cuando dormías toda 
    la noche con la madre de Tom? ¿Te acuerdas de lo feliz que eras y de que sólo despertabas si ella te 

    despertaba para hacer el amor? Piensa en todo eso, Thomas Hudson, a ver de qué sirve.



    Emancipado pasajeramente de la ambrosía, ha vuelto el vicio crónico:

    Nada peor que luchar contra la propia sombra.


    sábado, 31 de enero de 2015

    Ludwig Van Beethoven

    Oír Beethoven se me hacía algo áspero, pretencioso, snob. Un simplismo para resumir un género sin haberlo procurado. Mi acercamiento a dicho género tuvo su inicio cuando madre colocaba el dial en ciertas estaciones. Ahora lo sé, pero en ese tiempo sólo me limitaba a ser un espectador. Lo siguiente que recuerdo es haber oído que Mozart hacía que los niños fueran más inteligentes, y, por ese entonces que mi mamá recibía la revista Selecciones, vi que se vendía una colección de él, así que la compré. Ahora que lo pienso y escribo, el haberlo realizado a los once o doce años, me hace sentir extraño. Solía escucharlos sin estar plenamente convencido, ya saben, buscaba el resultado sin mucho adentrarse en el contenido. Desconozco el nivel de los efectos que realizó. Años después, que madre tenía Cd´s que mi hermano le regaló, en algún momento copié a Bizet, y a otros, que ahora no recuerdo su nombre pero siguen en algún rincón de mi computadora.
    Acotación. Sé bien que dicho género había sido presenciado por mí no sólo en la radio, sino en películas, series, televisión. Algunas veces era hasta gracioso, ya saben, ver a Tom y Jerry en persecución con algo tipo Tchaikovsky.



    Ahora bien, el tiempo pasaba, las experiencias comenzaron a acumularse como granos de arena sobre la esfinge. En ocasiones llegué a procurar dos que tres compositores que ni supe el nombre hasta que llegó un momento en 2011. Mencionaré que aún sentía algo de aversión por mencionar que solía oír el género, no quería considerarme snob. Luego, como si se me hubiera preparado para algo desconocido, asistí a un concierto en un febrero que me dejó impactado. El compositor del repertorio fue Mahler. Estando ahí, no por primera vez, sentí que debía crear en base a lo desencadenado en mí debido a la vibración sonora sentida, oída. Y lo dije a quien me acompañó, que fue una persona importante, vital, en mi existencia. Poco después comencé una novela. Al irla creando quise instruirme más sobre el tema, ya saben, compositores, sus biografías, las distintas vertientes. En dicha fase adquirí más Cd´s. Y, en algún punto, me topé con Beethoven. No recuerdo si fue la Novena u algo  más, lo que sí sé es que cuando oí la Novena, sentí que el paraíso descendió, los colores adquirían una expresión sólida, el olfato se adentraba en los recuerdos, y el futuro era una partícula que recorría la sangre. Una y otra vez la escuchaba. La combinada con cualquiera de Mahler. Adquirí más Beethoven. Y, en el transcurso en que Debussy se anteponía, supe por qué varias voces llegaron a hacer referencia a ese apellido.
    Meses después, ya viviendo solo, solía despertar a las seis de la mañana a los vecinos, en domingo, con la Novena. Hasta ese punto llegó mi admiración. No excluyo a Debussy, Tchaikovsky, Mahler, ni Bach. Cada uno tuvo su espacio. Por ahora no me adentro en las sensaciones destrabadas al evocarlo por el simple hecho de que mi punto es expresar los cambios de perspectiva con respecto a un tópico. Si de mí dependiera, haría una novela de cada sinfonía de cada compositor, pero es una idea que no doy cabida en este ahora.
    En ese entonces fue lo único que escuchaba, incluso estando bebiendo. A lo cual, quien me conoce, se le hacía extraño.
    Una vez leí que un poeta, famoso, en su juventud, fue con sus compañeros a tomar, y colocaron el álbum de la Novena. De inmediato me identifiqué por las consecuencias que deseaban alcanzar.
    Hasta aquí quiero dejar el punto.
    Hoy día, gracias a las coincidencias intrínsecas de la vida, puedo llegar a casa, buscar un vecino, y colocar dicho género sólo para presenciarlo, bebiendo, en soledad…

    Desde el cuartel saludo a los futuros amaneceres donde una persona no nacida sucumbirá al placer de una melodía inteligente, sentimental, que confunde y evoca esa experiencia que llamamos eternidad.

    sábado, 24 de enero de 2015

    SOBER


    Nací río abajo, un día nublado,
    a la sombra de hojas secas.
    Sin importar que tan lejos estuviera el lago
    mirar las montañas se convertía en plegaria:
    Mi herramienta fue mi mano
    mi transporte los pies:
    Al mando puse el orgullo.

    Sólo tú podías hacer café con una plancha
    y planchar la ropa con un sartén.

    Hiciste la distancia tu campo de juego
    y te fabriqué hogares milenarios.
    Aquella carretera en que dormiste
    el hotel al lado del camino
    y el soldado que cuida tu tesoro
    te recordaron lo que somos
    y a qué venimos.

    Nací al cuidado de un chamán en el cónclave del silencio.
    El presente es el futuro del ayer.

    Nací tras cada muerte
    y dije a la muerte:
    Hallaré al niño.




    jueves, 15 de enero de 2015

    Carta al norte (fragmento)


    ¿Qué ignoras del horizonte
    mientras tu espalda detiene el cancel
    de mi ventana, nuestra ventana de hotel
    la ventana de todos sus inquilinos,
    para detener la mirada y el girar del mundo?

    ¿Porqué omites al horizonte
    lo anulas para tratar de reconocerme a cincuenta años
    del otro lado de los colores?