lunes, 21 de febrero de 2011


I

De la cascada tomé mi manto y lo puse a sus pies.
Pasaba tanto tiempo en tiempo,
en fuga continua y vibrante,
y el contacto con su piel fue frío.
Ya el otoño estaba trabajando;
las mujeres, sentadas en el pasto
tejían sus velos con enredaderas.

Le propuse una vida llena de mi vida,
añadí que el vino no escasearía.
Y ella, contestó que esperaba, limpia y virgen
otro día para su castidad.

II

Pasando la media noche, mojado
fui a escuchar las hojas en el viento.
Cerca de mi mano sus dedos;
rozando mi hombro su cabello;
ambos con frío y luto;
su esposo dormido bajo el río.

III

Amaneció sola en el lecho compartido.
Yo en el bosque, temblando
sacaba de la bolsa el cuchillo.
Frágil su sueño, se había quitado el anillo.

IV

Entre el follaje perenne en sus ojos
la vi dormir en mi mañana despierta.
Multiplicadas las estrellas en el cielo
nos escondimos bajo el brillo de la tarde.
Ahora es mi turno de irme, de morir
de pagar con música su silencio.

viernes, 18 de febrero de 2011

La novedad del olvido

Desconozco porqué he caído en el estado actual. Días atrás no era lo mismo. La disciplina se detuvo y no puedo retomarla por desidia. Entro de nuevo en la Noche del Alma, noche desconocida para mí ahora, pero mi compañera en meses anteriores. Sólo quien conoce a Mitra sabe de lo que hablo. Mitra y Dalina, los personajes de esa historia, los que pueden convertirse en Mitra y Katrina (el huracán del golfo llevó tu nombre) o pueden ser; Mitra, Martin, Desconocida de pelo cobre; Mariela del mar y de niebla, Muchacha. No hay especificaciones, sólo generalidades en un sentir y estar. Vuelvo de nuevo a ser la hoja que cae sin viento, pero quiero ser el árbol; que con su altura, no puede así mismo defenderse.
Hablaré más claro.
En algunas ocasiones, recientemente, me he puesto a revisar y leer lo que escribí desde mayo de 2009 y Octubre de 2010. No recuerdo las cosas con exactitud, y alguno que otro comentario y acto me parecen familiares, pero no logro precisar porqué lo escribí, de dónde lo saqué. Me reconozco en ciertos puntos, pero muchas cosas pienso que me son ajenas, pues no estoy bajo el mismo flujo. No es que en ese entonces mintiera, o ahora haga menos las cosas. Sé que transformé los hechos y las palabras para darles un sentido, mas ahora, me es imposible acomodar mi presencia en ese tiempo. Digamos que cambié y ni me di cuenta. Y ahora, mientras escribo esto, me doy cuenta que un nuevo cambio sucede. Me llama el ayer para transitarlo, la Noche del Alma, el Umbral, en fin, todo aquello que escribí y viví.
Me recuerda ese pensamiento de Lovedy: “Los hombres cambian según las circunstancias”.
Lo extraño en esto, es que quiero usarlo...

Había dejado de fumar, no por representar un atentado a la salud, sino porque el vicio se transfirió a la adrenalina, ese combustible que se nutre y conflagra al mismo tiempo cuando se entra en acción.
... Ese podría ser el inicio de el siguiente André, el que estuve esperando por llevarlo a Guadalajara, o puede ser algo totalmente distinto. Será interesante ver el inicio y el fin (en un mismo paso).

sábado, 29 de enero de 2011

MAÑANA SERÁ OTRO DÍA






-Se puede esperar a que regrese la luz- dijo el camarero.
-Está bien, beberé un té frío. ¿Cuál me recomienda?- dijo el hombre.
-El té de moras está muy bueno, también tenemos de durazno con flores silvestres, uno árabe de yerbas exóticas con leche, y el de la casa: La Frigoletta.
-Deme el de moras.
El camarero se retiró. Vestía una playera tipo polo color amarilla, sus brazos eran delgados pero fuertes, y su cabello estaba cubierto con una gorra; tenía la marca del café en ella.
El cliente esperaba su bebida a la sombra de la fachada. Sentado en la entrada, en una de las tres mesas con manteles cafés y verde olivo, veía los edificios circundantes. Eran coloniales, la cantera regía en su arquitectura. Frente al café estaba la avenida principal, y los coches zumbaban lineales junto a los camiones de ruta. Podía observar el teatro principal de la ciudad, y también una manta con el programa de las funciones de ese mes. Algunas personas caminaban sin mirarlo, y las mujeres jóvenes contonearon sus bolsos al hombro, con la misma naturalidad que sus faldas dibujaron formas geométricas.
“Es tranquilo este lugar- pensó el cliente-. Es un buen lugar para estar solo. O acompañado. Si viniera con alguien, sería con una de esas mujeres que me escuchaban”.
El camarero apareció con la charola redonda. Sobre ella estaba un largo vaso con forma de cono, brillando en un color púrpura como las violetas en primavera. También había una azucarera con tapadera de aluminio.
-Gracias- dijo el cliente-. Le encargo un cenicero, por favor.
-En seguida se lo traigo- y el camarero dejó el té frío y la azucarera sobre el mantel.
Detrás del cliente existían dos carretas pequeñas de madera. Tenían las ruedas de metal, y en el interior de las carretas había macetas de geranios. Estaba por anochecer, el viento sereno atraía el frescor de la tarde en su finalizar.
El cliente se veía tranquilo. Vestía un saco negro de lana, cubriendo el traje oscuro, pero dejando ver la corbata roja. Era una linda corbata que brillaba por la seda con que se forjó. Sus cabellos estaban bien dibujados sobre su cabeza, y el brillo desde ellos tenía un tenue matiz de brillantina y polvo. El viento había levantado algunas partículas del suelo. En medio de la avenida, frente al teatro y el café, existía un camellón con faroles en verde oscuro; ya comenzaban a expeler las primeras luces ámbar.
Bebió un trago de té.
“Es suave su textura- pensó-. Y su color transparente se me antoja para beberlo de un trago. Pero no lo haré”.


Dos muchachas pasaron junto a él, sonriéndose entre sí. Vestían el uniforme de una escuela, y sobre sus espaldas llevaban mochilas transparentes cargadas de maquillaje, libros de moda, y pastillas contra la fertilidad.
-Se parece a Mupa- dijo el cliente.
-¿Cómo, señor?- preguntó el camarero.
El hombre no se había fijado que estaba cerca el camarero. Ya había dejado el cenicero sobre la mesa.
-Se puede llevar el azúcar. No me gusta lo dulce. Lo tomo así: solo.
-¿Algo más, señor?
-No, gracias.
El cliente extrajo de su bolsillo derecho del saco un encendedor, y del bolsillo izquierdo la cajetilla de cigarros. Raspó el lado de la cajetilla y sacó un cilindro; miraba de reojo al camarero parado en la puerta del café, viendo un punto invisible sobre el camellón, pero con la atención fija en el cliente.
La puerta del café era de vidrio templado, igual que la ventana alargada junto al cliente. Dentro se podían ver las paredes blanco marfil, un sillón del mismo color en piel sintética, la mesa baja de roble, y algunas fotografías de animales y plantas.
Expiró una larga línea de humo, y el camarero se fue al interior del café.
La sombra proyectada por la fachada del café se extendió por la avenida, el teatro, y las demás construcciones de cantera. Y en el interior del café se colorearon las paredes por la resistencia del tungsteno. Algunas velas vacilaban junto a la mesilla de adentro.
“Ya tengo la edad para saber qué soy- se dijo el cliente, alineando el cigarro en sus labios-. Nada. La nada que nació en no sé cuándo y que fuma no sé qué. El que nada sabe de las demás gentes y que espera al tiempo; al tiempo y a que se detengan las horas. Un lugar para estar es nada, como nada es lo que meto en mi boca. Pero tiene sabor esa nada. Sí, sabe a algo, y ese algo lo desconozco. Algo ya no es nada, pero algo puede ser nada”.
El camarero se asomó por la puerta del café, saliendo en pocos segundos hasta el hombre. Llevaba anudado a la cintura su mandil negro.
-Ya regresó la luz, señor. Puede ordenar, si gusta, algo caliente.
-No, gracias. El té está bien.
-Perfecto…
-Disculpe, ¿tienen cerveza?
-Sí, señor. Oscura, Lager, Lager especial y Lager light.
-¿Cuál es la diferencia entre la Lager especial y la normal?
El camarero explicó las diferencias que conocía. Tenía la información requerida para ofrecer, la misma que la dueña del local le dio. Informó los pormenores con la estupidez de quien se siente confiado con la poca información, desconociendo la verdadera diferencia, la que sólo los fabricantes retenían en fórmulas secretas.
-Tráigame una Lager normal.
El cliente cruzó la pierna, colocando el tobillo sobre su rodilla derecha. Desde donde estaba el hombre podía ver la longitud de la avenida, casi por completo. Observó la serpenteante hilera de faroles, perdiéndose en la lejanía y confundiendo su luz con la de los coches. El color ámbar tenía de compañeros al blanco y al rojo, y cerca, por encima de los coches, algunos verdes que duraban pocos segundos.
Bebió el resto del té, y la frialdad que se le escurría en la garganta le recordó al invierno.
A inicios de un año se había lavado las manos en una fuente, cristalina como el vidrio del vaso en cono. Ese día comió pan relleno de cajeta y nueces. Compartió palabras con personas de su ciudad, y todos le saludaban como si los conociera bien. Pero no, algunos habían aparecido por primera vez frente a él. Aun así, y sin fijarse tal vez, le desearon buena suerte entre otras cosas por el inicio del año. Ese día comió en un café, no muy parecido al que se encontraba, con paredes cubiertas de pinturas al óleo. Las imágenes mostraban mujeres desnudas y payasos, algunas también tenían santos, y los colores eran opacos. Ese día estaba preocupado, porque la noche anterior sintió que el olvido se tornaba en una costra sobre su pasado, y la coagulación de su habla le impedía expresarse con sus amigos, los que llamó sin poder localizarlos. Ese día fue en invierno, y en los noticieros hablaban de nevadas y aguanieves, de frentes fríos y de abrigos protectores, también recomendaron no encender fuegos al interior de las casas. “Claro, prenderé mi propia cama para quitarme el frío”, había pensado, al escuchar las recomendaciones. Pero dentro de sí sabía que eran recomendaciones para otras personas. Aquellas personas, ese día, no tenían un pan delante de sus mesas, ni mesas, ni paredes de ladrillos con qué cubrirlas de pinturas al óleo. Supo esto y se retiró del café en que comió ese día.
Muy cerca de invierno, también vivió un corto periodo en otra ciudad. Era más bella que la ciudad donde nació, y su arquitectura colonial superaba la de la avenida principal, el teatro frente al café, y la del mismo café. Aquella ciudad lo recibió muy temprano por la mañana. Adormilado y con los ojos a la intemperie, trataba de visualizar cada calle que recorría al interior del taxi. Sus calles eran sinuosas, como laberintos colmados de túneles, con calles apretadas y aceras de piedra, cubriendo los callejones en que se convertían al irse adentrando en los muchos cerros de la ciudad. Aquella ciudad tenía una gama de particularidades: la modernidad estaba relegada a las orillas, no se adentraría en la Historia resguardada celosamente por el centro histórico. Al bajar del taxi encendió un cigarro. El sueño se escondió tras la cortina de asombro, sus piernas le pedían recorrer la ciudad. Al ir inhalando y exhalando, notó que en su hombro sostenía una carga pesada. La maleta, y la falta de sueño durante el viaje, le orillaron a ingresar al lugar donde dormiría. Aceptable para sus ingresos, y para la corta estadía, el lugar lo recibió con una mujer gorda que no había peinado sus cabellos. Después de pagar la tarifa, el hombre ingresó en la alcoba, para dejar la maleta y salir al balcón a fumar. Al amanecer, sintió que olvidaba lo que había visto en el sueño. Tratando de encontrar el sentido de su cuerpo en un extraño cuarto, removía los dedos entre sus cabellos. Se levantó y fue a bañarse. Esperó. Esperó. El agua continuaba saliendo, así que esperó más. Al ver que la hora de partida a sus asuntos estaba próxima, decidió bañarse con el agua fría. Aquella ciudad lo acogió de forma gentil, al menos a sus gustos por la arquitectura y la noche y la falta de sueño, pero después lo abofeteó con la realidad. No tomó fotografías de la ciudad. Las imágenes colgarían de su mente con las pinzas de los recuerdos. Sabía que no recordaría los nombres de sus calles, de los callejones y túneles, así como también olvidaría los nombres de las personas que conoció al inicio de su estancia. El olvido cobraría los nombres de los parques, de las iglesias, y de los ilustres hombres y mujeres revolucionarios que ahí nacieron. Algunos extranjeros conoció; de Alemania, Inglaterra, Canadá, España y de Tailandia; pero a ellos también los relegaría al olvido. Esa ciudad, aquella noche que llegó, no la olvidaría, como tampoco olvidaría lo que en esa ciudad pasó. No olvidaría que en esa ciudad amó intensamente conversar, como a la última mujer que le invitó a volver, a vivir, a sentir la tibieza de una emoción que él creyó ausente en su alma. Aquella ciudad era Guanajuato. Eso tampoco lo olvidaría.
El frío del ambiente, y de la bebida que el camarero estaba dejando sobre la mesa, le trajo todos los recuerdos situados en invierno.
Cuando vivió solo, después que su primera esposa lo echó de la casa, había sentido helarse el cuerpo. Durmió bajo la única cobija totalmente vestido. Pero aun así sentía escalofríos. No era por lo que aconteció en su matrimonio, él sabía que como los religiosos se consuelan con la esperanza, los hombres como él se calmaban al conocer que todo tiene un principio y un fin, y que no hay nada después. Nada. Cuando vivió solo, ese Diciembre, había conversado con su padre. Ambos bebían. Estaban acompañados del hermano de su padre. Bebieron cognac para él, y cerveza clara para los mayores. Entraron en una camaradería de barracas, del tipo de amistad que sólo los hombres conocen con el alcohol. Su tío dijo: “Una vez me pelee en la universidad, me sacaron la sangre y tu papá hizo paro. Golpeó a los tres tipos y ellos ya no me veían a la cara después. Llegó la policía y tu papá puso el carro atravesándole el paso a la patrulla, diciéndoles: no te los vas a llevar, y ellos contestaban: quita tu bocho. Pero tu papá no quitó el carro”. El padre del hombre rió, lo cual era raro. “¿Recuerdas cuando nos llenaban de chapopote durante la novatada?”, preguntó el tío al hombre. Pero éste sintió que lo confundían. Para ese entonces él ni siquiera figuraba en los planes de su padre, así como tampoco el nombre de su madre. Su padre le pidió cantar, y las canciones eran melancólicas. El tío elogió la manera en que cantaba, y su sinceridad era evidente, tan plausible como la relajación en el ambiente. Su padre contó sobre sus hermanos, los que no eran hijos de la misma madre del hombre. Dijo todo sobre los dos, incluso los nombres y los de sus respectivas madres. Mostraba las fotografías que tenía, habían salido de un pequeño cofre de madera que el padre fabricó. Su padre conocía mucho, y mucho más cuando vio la tranquilidad en su hijo. Los tres compartieron algo de sus vidas, y recordaron que esa Navidad todos estaban sin mujer. No se mostraron tristes, los efectos de la bebida y de la conversación habían esparcido su magia. Cuando vivió solo, aprendió que su padre era un gran hombre. Como todos tenía fallas, pero el saber que ni la policía pudo contenerlo, le dio un gusto como si estuviera escuchando palabras cariñosas de una mujer amada.
-¿Se le ofrece algo más, señor?- preguntó el camarero, retirando el envase vacío de la cerveza y cambiando el cenicero por uno limpio.
-Tráigame otra, por favor- dijo el cliente-. Sí, igual.
El tiempo transcurría entre las emanaciones de los coches en la avenida, esparciéndose cinco cigarros más.
“Esta noche dormiré solo- pensó el hombre-. Llegaré a mi cama y limpiaré mis zapatos. Cuando coloque el traje en el guardarropa, envuelto en su funda, quitaré mi corbata y la enrollaré para guardarla en el cajón. Ninguna arruga debe mostrar el uso. Quitaré mi camisa y buscaré el…”.
-¿Lo conoces?- dijo una mujer joven que se encontraba en el sillón de adentro, mirando por la ventana al primer cliente.
-Pues si no es, se parece mucho- le contestó su madre. Ambas tenían cabello lacio, negro, y largo hasta el hombro. Vestían elegantes, con un perfume de rosas que el hombre por fuera de la ventana no podía notar.
-¿Les puedo retirar las tazas?- dijo el mismo camarero.
-Sí, joven- contestó la madre, escondiendo su escote con un movimiento de manos sobre el chal oscuro-. De casualidad sabe si ese hombre… ese, el que está afuera…
-Sí… ya sé cual- dijo el camarero, levantando la charola sobre su hombro con las dos tazas en ella.
-Sabe si viene regularmente o si…
Una sonora ambulancia pasó por la avenida. El binomio resplandeciente azul y rojo, seguido del zumbido, destrabó de sus pensamientos por un instante al cliente de afuera. Vio cómo los coches al frente de la ambulancia se abrían, dejando el paso libre para la circulación de algún herido, o de la pronta llegada de los paramédicos a la zona del siniestro. El cliente no recordaba cuándo encendían la sirena.
“¿Qué habrá pasado?- se dijo el hombre, sosteniendo entre sus dedos el cigarro que acababa de encender-. Espero que lleguen a tiempo”.
La noche adentró más con la partida del binomio de luz, escurriéndose en el costado derecho de la serpenteante línea de los faroles.
La sirena de la ambulancia le recordó cuando ingresó al hospital. Era un día en que demasiado viento golpeaba el inmueble. Fue a visitar a un amigo, y su amigo estaba recuperándose de la operación en sus ojos. Al ingresar, veía a los galenos y enfermeras, todos de blanco y con cardigans de colores para diferenciarse entre ellos. Aunque el hospital era oficial, en el clima del interior la violencia de las enfermedades rondaba el aire. Entre sus fosas nasales el cliente aspiró la muerte, los virus, los dolores, y las almas en pena. Sintió un desvanecer en su ánimo. Ese hospital lo mareó. Tuvo dolor de cabeza antes de ingresar en la habitación de su amigo. “¿Cómo estás?”, le preguntó el amigo. “Mejor que tú”, respondió el hombre. Ambos rieron, y hablaban de cuando viajaron en tren. Entre las enfermeras recordaron que se conocieron desde la primera juventud, y cuando la memoria llegó a ese instante, ambos suspiraron sin que el otro lo notara. En ese hospital recordaron cuando veían películas de comedia, de drama, de acción, y luego compartieron buenas suertes entre sí. El hombre salió del cuarto, dejando con palabras una invitación para volver a reunirse en poco tiempo. Al salir, el viento continuaba violento. Ese hospital luchaba por contener a los enfermos y la esencia de la muerte en su interior.
-¿Señor, señor?... preguntan por usted…
-¿Quiénes?- dijo el hombre, interrumpiendo al camarero que le dejaba una cerveza. Ya tenía el envase vacío en su charola.
El camarero señalaba a las mujeres con la mirada, y el cliente giró su cabeza hacia la ventana. En el interior veía a dos mujeres clavándole la vista. Sonrieron los tres entre sí, y el hombre regresó su mirada al camarero.
-Dígales que…
El camarero aguardaba la respuesta, y en su pecho palpitaba la sensación de anticipo que trae cada pregunta.
-Dígales que gracias, muchas gracias. Diga que son bellas las dos… y su cuenta póngala en la mía- dijo el hombre, pero pensaba: “Ni yo sé quién soy. Conocen y tienen un recuerdo de la persona que ya no existe. Cuando me veo al espejo, sé que debo ser yo. Pero ¿qué imagen se puede ver en ella? Sólo el presente sin el pasado, sin la historia de lo que pasó. Sí, y en ninguna parte puedo retomar el flujo de lo que se ha ido”.
-Perfecto. En seguida les diré…
-No se apresure. Primero espere que me termine la otra cerveza que me traiga.
-Excelente- dijo el camarero, y se retiró.
El hombre pensó en que el vocabulario del camarero se extendió fugazmente. Ya no había dicho perfecto, ni en seguida, o en un momento… el camarero tenía bien grabado el monólogo de su oficio.
El mandil del camarero se perdió detrás de la barra, y podía verse desde donde el cliente estaba sentado.
Encendió un cigarro, dejando el anterior en el cenicero. Algunas partículas de ceniza flotaron por la mesa, regándose en el mantel. El hombre aspiró largamente su cigarro, y levantaba su cuerpo, mostrando su altura debajo de la noche.
Del bolsillo del pantalón sacó un boleto de autobús. Tenía su nombre, el de Guanajuato, y la fecha del siguiente día. Dejándolo en el mantel, dijo:
-Mañana será otro día.

lunes, 17 de enero de 2011


He vivido los días y las noches
desde su nacimiento hasta su muerte,
y en ellos encuentro el vacío de tu mirada.
Ya no hubo peces enrollados,
y hasta se perdieron las tenazas de los cangrejos,
pero en tu boca se inició la voz
el silencio, la palabra que se despidió.
Se fue otro momento para ser solo
pero me acompaña el palpitar de tu recuerdo.
El pestañeo de lo que fui se asoma
saluda, y regresa por el cielo despejado.
Rápido va la imagen del fuego detrás de él,
golpeando la sangre de mi rostro,
las lágrimas de mis llagas,
y los cuerpos esparcidos en tu campo de juego.
Delante de mi reverencia
existe el inicio de lo que fuimos,
lo fundado y lo que sepultaste.

He fumado de la pipa de la vida
y deseo permanecer atado al humo
los días y las noches que nazcan
que mueran, que se enciendan con mi nombre
en el corazón inerte de mis suspiros.

lunes, 20 de diciembre de 2010

BAJO LA NOCHE


Bajo la noche, de fondo a la ciudad, me abraza tu voz iniciada en tu boca. Te voy conociendo, extraña, voy reconociendo mi pasado en tu vida.
Bajo la luz de estrellas, quietas sobre nosotros, acercas tus labios a mi boca. En ti estoy unido, amada, estoy uniendo mi vida a tu pasado.
Bajo la niebla helada, que cubre el monte, apartas tu cuerpo de mi alma. Ahora soy tuyo y eres mía, extraña, tan mía como mi vida que termina.

II

Quisiera saber bajo qué circunstancias caminas en soledad, mirando el suelo, el camino que tus pasos no conocen. En algún lugar en el mañana despertarás, sintiendo tibias sábanas, y reconocerás mi nombre perteneciente al sueño; sueños desolados de coches, de casas, de tareas; sueños cercanos a la ruta de las aves, serán los que se mezclen con mi nombre. En algún lugar de tu corazón, extrañarás sentir mi tristeza, y yo, tendré en mi corazón tus penas. Si el mañana llega tras las hojas de las moras, sabrás que tus lágrimas tienen razones fundadas en mis actos, y mis amores pertenecerán a tus sueños. Quisiera tener en mi costado tu cuerpo, abrazarlo y decirle que lo amo, porque fui tan solitario antes de conocerte, que al ver tu sombra en mi camino, contemplé inmóvil cómo desaparecías bajo la noche.

jueves, 4 de noviembre de 2010

MUCHACHA

MUPA

Por sobre las nubes cuelga un beso
de tu boca dulce y enamorada.
Mi lengua pide un poco de rocío, de lluvia;
pide toda la miel desde tu boca.
Eran la carne, tu voz y tu aroma
un susurro reunido en mi oído.
Así como el vuelo de las golondrinas
vino en otoño la noticia de tu vida.

Mariela del mar y de niebla;
mi corazón marchito anida en tu cama.
Puedo irme o ser contigo
las cuatro estaciones que me quedan de espíritu.

Tú, sentada junto al lago
cubrías los pies con mi manto de agua,
sentías el rumor inquieto de mi palpitar
por estar cerca de lo que amo.

Los días y las noches me han visto
buscar en las piedras, en el río, en la calle
una señal de tus pasos perdidos.
Fugitivo del tiempo
las cadenas de la distancia me impiden
liberar el salvaje canto de mi melodía.

A media noche despierto;
carece mi lecho de tu cuerpo,
van mis pesadillas en pos de ti
y tú olvidas que aguardo por verte.


II

Fue este insomnio a diluirte, a besarte
a continuar bebiendo los minutos sin tenerte.

Cada minuto sin filo se hunde, me hiere;
es inútil pretender que no duele.


Creí ver que de madrugada apareciste;
y pensé en mi sueño delgado y triste.


Mar y Niebla y Niño de Viento en el Viento del Sur
III

He tropezado con tu ausencia,
Mariela de violetas y tierra.
Me dijo lo que ya sabía:
El mañana nunca llega.

Se conflagra tu recuerdo
sobre las llamas del pasado.
No es dolor sino algo más insano
continuar en ti pensando.

¡Hay, vida, porqué existe la distancia!

Acaba con el dolor, conmigo;
termina el mar del castigo,
de vivir doce meses sin mi abrigo.

IV

Hoy, como siempre
-el siempre de los días contados
que no cuentan sino los aislados-
se rasgó la noche en mi vientre,
en mi oído, en mi muñeca;
y aún así no vino a mí la muerte.

Pedí un trago tras un tango,
pues ni carta o mensaje con tu nombre
quiere hoy venir a decirme
con quién duermes si no es conmigo.
Sólo veo cómo me llama
un conocido e inerte amigo.

Hoy, como siempre
-del siempre que contamos los mismos-
han llorado mis lágrimas
del flujo constante de extrañarte







V

En tu roce va tatuada mi memoria
con el luto de quien ama y no tiene,
no halla, ni encuentra
la persona que ama.
Diré que cada paso conoce mis pies,
y que la senda se dirige contigo.

En mi interior, a media luz
Mariela dice adiós
con la mano sobre el hombro.
Y como huérfano que va con su madre,
abro los ojos para ver que no estás.
Era tu nombre, y yo,
en mi interior plenamente oscurecido,
decía tu nombre: Mariela.



VI

Mi ala rota se alberga sufriendo
entre la bandada de los campos floridos,
los juramentos, las aguas quietas de tu perfume.
Conservo el vuelo de antaño
donde no olvidé recordarte.
A consolarme viene la aflicción,
las amigas, las estrellas,
y sobre todo la luna en mi ventana.

Si he comido será sin apetito,
pues se me antoja lo más exquisito;
eso que las personas llaman:
Amar correspondido.


VII

En las noticias dijeron
que subió el precio de los cigarros,
el índice de crímenes,
las tasas de nacimiento,
el valor de la gasolina.
Unos se contentaron,
pero yo entristecí.
Porque nadie comentó
que aumentó mi dolor,
mi angustia, mi extrañarte;
que ya es común el llorar,
beber solo, dormir aún más solo
y no besarte con pasión.



VIII

No digas nada, tu silencio dice todo.
Es en esto nuestro diálogo
cuando duermes, cuando trabajo
y las veces que pido mi medicina.

Sé que dices que eres mía
plena, sentimental y niña,
con el Hijo del Viento entre tus brazos.

Una carta a medio día
puede anunciar mis espasmos,
los sueños embalsamados
y cada luna sobre el cielo.
No importa mi humor,
sino la herida de tu nombre cierta.

No sé porqué entristezco de pronto,
y algo que no tengo se va.
He perdido la ruta que me dejó solo
esta noche en que mi alma me llama.
Se han secado mis lágrimas perdidas
cuando puedes colocar el sol en el cielo.

Me he preocupado cuando espero
las plegarias que me permitan avanzar sin lo que tengo.
Ausentes, sigue levitando la palabra absurda
de que pronto nos veremos.

IX

Qué palabra describe
bailar entre estrellas,
acercarse al cielo,
estar en un funeral,
llamar por teléfono,
abrazar el viento,
un despertar tibio,
fingir sonreír,
sentarse en el suelo,
respirar sin ganas,
soñar con todas
y no estar presente.

Para responder
estoy colmado
de lo que carezco.
Pues si existe
esa palabra,
en lengua muerta
se pronunciará.





X

Adagio refinado es tu canto
con mi amuleto encerrado en el pecho,
y relajo el cuerpo rendido
otra ocasión en tus caricias ausentes.
Flor del Himalaya
petrificada en su belleza mortal,
me mata saberte una vez lejana.

He dado a los amores
los pensamientos más tontos.
Mas tú trajiste lo que quiero retener,
pensar, habitar mi alma solitaria.

Un hombre como yo vende lo que no tiene
por tener lo que busca de madrugada;
el instante efímero del mañana.




XI

Tan lejos como tú,
está lo aprendido los años en ciclos
que han espantado el cansancio.
Sabes lo divertido que es morir
cuando las cosas no pueden empeorar.

Tan lejos como tú,
un amigo quiere conversar conmigo,
y yo, no hallo el reflejo en el espejo.

Es fácil mezclarse con lo inútil,
como es sencillo decir que te amo
y amarte con la altura de un árbol
que a sí mismo no puede defenderse.

Pienso en lo que deseo ser y vivir,
porque tan lejos como tú,
la imponente sombra del recuerdo llega.
Mariela blanca, bella y yerma,
cuáles son las intenciones que nos atan.
Ando distante cuánto te necesito
que puedo no pensar que estoy loco.

Luego de los miles de obstáculos literales, los años, las baterías sin carga, el tráfico y las peleas, llegando a la orilla del mar


XII

Semilla del camino germina
al lado del camino;
crece entre amantes aislados
que buscan perpetuar su soledad.
Amante de tu fulgor,
Mariela, debo encender hoy el ahora.
Si amarte fuera morir,
moriría los días de luto sin quejas.
En tu corazón lleno de vida
nacerá de nuevo mi alma
y será suficiente vida para mí.

jueves, 28 de octubre de 2010

HOY...


Hoy no es el día que fue ayer.
Esta tarde nuestros cuerpos, separados
no pudieron sumergirse bajo las olas.
Tu cabello y tu mirada
temblando sobre los muslos.
Mi dolor y mi perdición
entre tus labios y tus manos.
Lo ilegal queda para mañana,
hoy ocúpate de sentir la altura bajo los pies.

Una lancha a la orilla
espera remendar su cuerpo herido,
quiere una vela para la oscuridad en que duerme.
Sé sus sueños, son los míos,
son aquellos muertos con flores,
son los pétalos marchitos.

Pienso que sobre ti he de morir,
he de encontrar el cuerpo perdido.
No hay razón que conozca
porqué dos personas se unen sin conocerse.

Hoy no es ni será ayer.
Se ha ido la noche a sembrar galaxias;
la luna la guía, como lámpara de luciérnagas.
No sé nada, no sé ni el día que es,
sólo pienso que entre árboles,
y cielos sin soles,
desconocidos se abrazan y se pierden.

*****

Alquilé la luna por esta noche;
puedes desperdiciar su brillo sobre el lago.

La niebla en mi camino me impide
ver los límites de tu cuerpo.

Para qué pelear ésta batalla
si hemos perdido la ropa y la memoria.

Éstas estrellas vieron lo prohibido,
no tengas miedo de contarles tus secretos.

Un cielo de noche para nosotros;
nosotros de noche hacemos el cielo.

Me muestras el inicio de la distancia,
mientras aprendo a perder la cabeza.

Dos botones inquietos se tambalean
como campanas de otoño al frío.

Gracias por tus manos y tu boca;
infinitas gracias por lo que hicieron.
35

lunes, 4 de octubre de 2010

Serie UMBRAL, número 32



Por cada gota de alcohol y lluvia
se humedece tu sexo en mi boca.
Hay algo de botella en tu cuerpo,
como todas las nubes tienen tu pelo.
Llovizna por mi piel la pasión vibrante.
Un momento arriba; un instante abajo,
luego descanso al lado del fluido.

Mosaicos por sábanas; silencio de cobijo;
charco por lecho tibio
y el suelo vestido de nosotros.
Ebrio de ti, te has vaciado en mí.

Por cada lengua que pasó tu cuerpo
ahora tengo la boca salada
en la dulce embriaguez de lo hecho.
Quiero elogiarte y es preciso
decir que faltaron palabras.
Acaricio el cáliz de tu vientre
y me gusta que sea limpio, suave
sin vides ni follaje…
(¿Hace falta ser conciso?)

El trueno es de tu boca
y detengo el sonido en mis labios.
Una parte de mí ansía tus relámpagos.
Tienes las noches cerradas en los ojos;
el huracán del golfo llevó tu nombre;
mi mano busca un vaso con agua
porque ahora estoy más seco que antes.

Si has de partir pronto, vete;
déjame los escombros, el día,
que yo me ocupo de enterrarlos.
Vendrá el muelle a esperar por sentarnos,
contar monedas y arrojar niños en el lago.
Pero si te quedas, vierte de tu sexo a la copa,
mira la oscuridad sobre tus uñas blancas
mientras mis dedos sostienen tu cuello fino.

II

Cosechamos torrentes de alcohol la noche anterior.
Aspiro tu sexo con mis labios
en calladas gotas de lluvia por la cabeza,
y siento tu aroma de tierra mojada.
Inclinado en la hora de niebla
no tengo dónde ir pero sé que te vas.
El vestido floreado en un alma sin forma
anuncia mi partida dentro de tu cuerpo.
Habré de beber el instante infinito
a sorbos pequeños como tu lunar del pecho.
Cae el humo que huele a ti de tarde.
Racimos de tinta manchan la memoria,
coloran la terrosa laguna de tu fertilidad.
Sé que debió ser ayer cuando estuvimos
cerca de ser uno de dos.




III

Marioneta repentina con hilos de lluvia
nadie nadó en la arena como tú.
A dónde vas si no hay río
ni ciudad, ni lago de vino.
Sólo el alcohol herido conoce el nombre de tu sabor.

Cualquier nido me sirve de copa,
en ella planto mis pájaros tristes.
La fisura en la orilla tiene tus huellas;
se dirigen al sur en un barco de llanto.
Evasiva me buscas en el cristal
que refleja la vida que llevo.
En tu tobillo de bruma recuerdo
al viscoso día, al delgado murmullo.
Fueron cómplices de tu lejanía,
te vi con ellos reír bebiendo.
Triste; hondo como sueño;
me has dejado tendido al lecho.

IV

Hacer contigo lo que con nadie,
ha sido el tiempo detenido en el aire.
Llevas las estrellas por corona,
y mi corazón evoca constelaciones tristes.
Por cada lágrima quebrada
suelo beber las noches mojadas;
suelo dormir debajo de la lluvia
y suelo construir el mundo para dártelo.

Detén tu furia en la represa
que sabré abrir las compuertas al vacío.
Me acostumbro a la derrotada soledad;
mi amante y compañera,
mi húmeda mensajera.





V

Descorcho mi alma, te doy de beber
angustia y melancólica errante.
Sabes cómo soy, de qué estoy hecho:
Polvo de marfil y humo de alcohol;
cenizas de sueños y estrella apagada.
Soy la resaca en oleajes
y un suspiro detrás de la lengua.
Me verás en un rincón oscuro,
bajo la sombra madre.

martes, 14 de septiembre de 2010

27




El armario sin tus prendas no se viste igual que antaño.
Los grillos me cantan su melodía melancólica.
Ella abunda como carezco de vino.
Y yo contando las horas y los latidos.

Las telarañas extrañan que las quites de mi rostro.
Ustedes, sombras, tejidas en mi alma alcohólica
tienen la responsabilidad que convido.
Y yo, contando las horas y los latidos.

Fue un jueves mojado amaneciendo a sábado
a pedir asilo en luz metafórica.
Flama vuelve, va y vino.
Y yo contando las horas y los latidos.

lunes, 6 de septiembre de 2010

26

Perdida, no deseo perderte,
no quiero mi celda de libertad
o quedarme sin soberanía.
Camino mío, vuelve las flores al camino.
Me han preguntado si estoy mal
triste, acorazado en mi dolor.
Les contesto que escucho mi espíritu.

Te doy mis alas de viento rotas
para que mutiles la lejanía.
Quiero tu afición por ensayar el error,
las mentiras debajo de la almohada,
el fluido de vida en tus entrañas
y la pasión diurna detrás de un camión.
Quiero lo que fue y se fue
con ese amor que siempre ama,
con aquellas palabras que no se dicen.
Quiero que lo quieras,
camino mío entregado al vacío.

25

el cuarto del silencio


Quise abrir el reloj y borronear el silencio.
Luego vi una mujer que me dejó ciego;
mas tu fuerza no pudo levantarme.
Aquí, donde estoy, tú no estás aquí.
Del viento frío me hice triste,
porque hubo formas de entristecer con el viento.
Un murmullo a lo lejos, zumbando, los hombres,
las máquinas rotas, esas secuelas de ayer
venían a contar por piezas al ajedrez partido.
Quise jugar contigo y con el tiempo;
sentí las palabras de su boca
encerrándome débil, torturado
tendido al suelo, deletreando tu nombre.
(Ahora no voy. Me quedo. ¿Vienes ahora?)
Una luna en su equilibrio efímero
toma de la mano a otro, aquel
que tiene en mi jardín pensado morir.

Quise llover, diluvio fui
con un cigarro apagado en mis labios.
Mas dentro el fuego formó un torrente
de gotas, de angustias
de tormentas rotas.
Aquí donde estoy, tú no estás aquí.
Por cada línea blanca en tu vestido se cuenta una
dos, cinco hasta contar gotas.
Me voy, busco, te llevo a donde voy.
Lo soy, tuyo , te lluevo donde soy.